El rol de la familia

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El rol de la familia parece ser más importante ahora que nunca. Los programas de intervención precoz han conducido a una mayor insistencia en las responsabilidades y en la toma de decisiones por parte de los padres. Parece que empieza a haber cierto respeto y coordinación entre las familias y los profesionales, reconociendo los educadores el valor de los vínculos emocionales y evolutivos del niño en el hogar, y valorando los padres el conocimiento, las técnicas y procedimientos empleados por los educadores en el proceso educativo.

Un presupuesto sustenta la eficacia en el proceso educativo del niño: los padres enseñan, forman parte del proceso y son susceptibles de mejorar si son informados y entrenados para ello. No estamos hablando sólo de reunirlos, mostrarles el currículo del centro y de su hijo, enseñarle los trabajos y las actividades que el niño hace en su aula, invitarlos a las fiestas típicas o charlar un rato con ellos en la entrada de la escuela. Estamos hablando de todo eso y de ayudarles a mejorar sus habilidades como maestros-de-casa con el objetivo de que sus hijos reciban la mejor, más funcional y más eficaz educación posible.

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Los padres pueden ser los mejores maestros de sus hijos. Las personas encargadas de la educación de sus hijos son las que mejor pueden informarles, asesorarles y enseñarles a ser buenos padres y buenos profesores a la vez. El trabajo en equipo de los padres y los profesionales es el mejor camino educativo.
Recordemos que se puede enseñar a los padres a cambiar la conducta de sus hijos y mejorar las interacciones con ellos (Groden y Dominique, 1988; Topping, 1986; Dangel y Polster, 1984).

Es importante también tener en cuenta que un niño tiene un comportamiento inadecuado o que hay que cambiar o mejorar, cuando alguien está insatisfecho con lo que el niño hace o no hace. Los desacuerdos acerca de los comportamientos adecuados e inadecuados de los niños surgen a menudo porque los diferentes adultos tienen normas distintas para el comportamiento del niño (algunos adultos son más estrictos y otros más tolerantes); porque tienen diferente información (algunos adultos tienen más conocimiento del desarrollo normal del niño y de los métodos para cambiar el comportamiento); porque tienen diferentes oportunidades de observar al niño (unos adultos lo ven en su casa, otros sólo en la clase, otros jugando con los niños…); porque tienen diferentes experiencias con el niño en el pasado (algunos lo conocen desde que nació, otros lo acaban de conocer).

Sin embargo, a pesar de todas estas diferentes posturas, es muy importante tener y dejar bien claro que los comportamientos pueden cambiarse, y podemos enseñar hábitos más adecuados. No buscamos niños perfectos, ni tenemos recetas mágicas. Buscamos niños que aprendan, sean independientes y estén integrados en el ambiente en el que viven. No podemos predecir cuánto va a influir en el desarrollo de un niño el hecho de que ahora esté mintiendo a sus padres, no quiera hablar con ningún otro niño, no aprenda algunas habilidades propias de su edad, no duerma solo por las noches, etc.

El desarrollo de una persona es una cadena muy compleja que comienza desde la concepción. No podemos saber cómo influye cada eslabón en el resto de la cadena, pero sí podemos afirmar que existe esa influencia. Por tanto, hay que tener claro que, sea cual sea la decisión que se tome sobre la educación del niño aquí y ahora, estamos tomando parte en algún pequeño eslabón de su cadena, y, curiosamente, de la nuestra.

La solución no consiste en estar constantemente preocupados por el comportamiento del niño. Eso convertiría a unos padres o a unos educadores en obsesionados y no los haría más competentes. El objetivo de la formación a padres es proporcionar a éstos las habilidades necesarias que faciliten al máximo el desarrollo de sus hijos, sin pretender buscar padres e hijos perfectos (tampoco los profesionales somos ni pretendemos ser perfectos, afortunadamente).

En muchas ocasiones, el objetivo de los profesionales será meramente el de informar sobre el desarrollo de los niños en general y el de los hijos en particular, otras veces consistirá en alertar sobre posibles problemas y aportar soluciones, o tranquilizar y relajar a padres excesivamente preocupados, o asesorar y motivar sobre cuestiones que faciliten unos mejores aprendizajes, etc. Cada niño, cada familia y cada situación requiere una actitud, un esfuerzo y unos objetivos específicos.

Los padres suelen desconocer cuánto influyen sus propias expectativas sobre el comportamiento de sus hijos. Los profesionales deberán encargarse de hacerles ver que su actitud será muy importante para enseñarles habilidades adecuadas y eliminar inadecuadas.

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