República Dominicana y Haití, una isla, dos pueblos, dos historias

INTRODUCCION

Para cualquiera que esté interesado en comprender los problemas del mundo actual, constituye un espectacular desafío entender la frontera de 193 kilómetros existente entre RD y Haití ¿Por qué el autor formula esta aseveración? Porque, llega a la conclusión de que el éxito de uno y el fracaso de otro se debe a la relación que han tenido sus habitantes con el entorno.

Con  problemas globales  ecológicos y medioambientales, estos dos países son el mejor ejemplo para explicar su teoría. Mientras Haití sólo tiene el 1% de su territorio cubierto de bosques, la RD el 28%.

El haitiano es un depredador del medio ambiente, el dominicano no tanto. Los haitianos  nunca han tenido políticas encaminadas a preservar su entorno natural, los dominicanos, sí. Si hemos sido reconocidos y presentados al mundo, por un experto en biogeografía, como un modelo hasta cierto punto exitoso, nuestro deber es profundizar ese modelo.

En este resumen, veremos dos países con culturas diferentes, y aunque muchos aseguran que somos ambos países, las dos alas de un mismo pájaro, en este trabajo veremos, todas las diferencias culturales, ideológicas, religiosas y de toda índole, que presentan ambos pueblos.

Precisamente, el autor de este escrito, lo ha denominado, una isla, dos pueblos, dos historias, y en el mismo se describe en forma magistral, todos los elementos que constituyen la historia de los dos países, las causas de su desarrollo y su estancamiento cultural, político y económico.

UNA ISLA, DOS PUEBLOS, DOS HISTORIAS

Para cualquiera que esté interesado en comprender los problemas del mundo actual, constituye un espectacular desafío entender la frontera de 193 kilómetros existente entre la República Dominicana y Haití, los dos países en que se divide la enorme isla caribeña de La Española, situada al sudeste de Florida.

Si sobrevolamos la isla desde gran altura, la frontera parece una delgada línea dentada que hubiera quedado delimitada de forma arbitraria al atravesarla con un cuchillo y separa de forma abrupta un paisaje más oscuro y más verde al este de la misma (el lado dominicano) de otro más claro y amarillento al oeste (el lado haitiano).

En tierra hay muchos lugares en los que se puede permanecer de pie en la frontera mirando al este para contemplar un bosque de pinos, y después dar media vuelta, mirar al oeste y no ver nada más que extensiones de tierra casi desprovistas de árboles. Ese contraste ostensible en la frontera ejemplifica la diferencia entre los dos países en su conjunto.

En un principio, ambas partes de la isla estaban muy pobladas de bosques: los primeros visitantes europeos señalaron que el rasgo más asombroso de La Española era la exuberancia de sus bosques, repletos de árboles con valiosa madera. Ambos países han perdido masa forestal, pero Haití ha perdido mucha más , hasta el punto de que en la actualidad alberga únicamente siete zonas importantes de bosque, de las cuales solo dos se encuentran protegidas bajo la calificación de parque nacional, pese a lo cual son blanco de la tala furtiva.

Hoy día, el 28 por ciento de la República Dominicana está cubierta todavía de bosques, mientras que solo lo está el 1 por ciento de Haití. Me sorprendió la extensión de bosques existente incluso en la zona que comprende la tierra de cultivo más rica de la República Dominicana, que se encuentra entre las dos ciudades más grandes del país, Santo Domingo y Santiago.

Al igual que en las demás partes del mundo, en Haití y la República Dominicana algunas de las consecuencias de toda esa deforestación son la pérdida de madera y otros materiales constructivos de los bosques, la erosión del suelo, la pérdida de la fertilidad del suelo, la acumulación de sedimentos en los ríos, la pérdida de protección de las cuencas y, por tanto, de potencial de energía hidroeléctrica, y el descenso de la pluviosidad.

Todos esos problemas son más graves en Haití que en la República Dominicana. De todas las consecuencias que acabamos de mencionar, la que se deja sentir con más virulencia que cualquier otra en Haití es el problema del agotamiento de la madera para elaborar carbón vegetal, el principal combustible para cocinar en Haití.

La diferencia de masa forestal entre los dos países corre paralela a las diferencias en sus respectivas economías. Tanto Haití como la República Dominicana son países pobres que sufren los inconvenientes habituales de la mayor parte de los demás países tropicales del mundo que antiguamente fueron colonias europeas: gobiernos corruptos o débiles, graves problemas de salud pública y menor productividad agrícola que en las zonas templadas.

Con todo, a pesar de todos esos inconvenientes, las dificultades de Haití son mucho más graves que las de la República Dominicana.

Haití es el país más pobre del Nuevo Mundo y uno de los países no africanos más pobres. Sus gobiernos corruptos endémicos ofrecen unos servicios públicos mínimos; mucha o la mayor parte de la población vive de forma permanente o periódica sin fluido eléctrico, agua corriente, alcantarillado, atención médica o escolarización.

Haití es uno de los países más superpoblados del Nuevo Mundo, mucho más que la República Dominicana, ya que apenas dispone de una tercera parte de la extensión de tierra de La Española pero alberga casi dos tercios de la población total de la isla (unos diez millones de habitantes), de modo que su densidad de población se aproxima a los seiscientos habitantes por kilómetro cuadrado.

La mayoría de estas personas practican una agricultura de subsistencia. La economía de mercado es modesta, y está compuesta principalmente de cierta producción de azúcar y café destinados a la exportación, una reducida cifra de veinte mil habitantes que tienen empleos mal remunerados en zonas de libre comercio dedicadas a la confección de ropa y a la fabricación de algunos otros artículos de exportación, unos cuantos enclaves turísticos en la costa en los que los turistas pueden aislarse de los problemas de Haití, y un inmenso comercio sin cuantificar derivado del traslado de drogas desde Colombia hasta Estados Unidos.

Esa es la razón por la que en ocasiones se califica a Haití de narco estado. Existe una acusada polarización entre las masas de pobres que viven en zonas rurales o en los suburbios de la capital, Puerto Príncipe, y una minúscula población de una dite rica que vive en la mucho más elegante zona residencial de la montaña en Pétionville, que se encuentra a media hora en coche desde el centro de Puerto Príncipe y alberga caros restaurantes franceses que ofrecen vinos exquisitos.

Las tasas de crecimiento demográfico, contagio de sida, tuberculosis y malaria se encuentran en Haití entre las más altas del Nuevo Mundo. La pregunta que se hacen todos los visitantes de Haití es si hay alguna esperanza para este país; y la respuesta habitual es que no.

La República Dominicana es también un país en vías de desarrollo que comparte los problemas de Haití, pero está más avanzado y los problemas son menos acusados.

La renta per cápita es cinco veces superior y la densidad de población y la tasa de crecimiento de la población son más bajas. Durante los últimos 38 años la República Dominicana ha sido, al menos de forma nominal, una democracia que no ha sufrido ningún golpe militar. Allí algunas elecciones presidenciales celebradas a partir de 1978 han desembocado en la derrota de los titulares del cargo en favor de un aspirante.

Los contrastes entre los dos países también se reflejan en sus redes de parques nacionales. La de Haití es pequeña, compuesta solo por cuatro parques amenazados por la invasión de campesinos que talan árboles para hacer carbón vegetal. A diferencia de ello, la red de reservas naturales de la República Dominicana es, en términos relativos, la más completa y extensa de las dos Américas, comprende el 32 por ciento de la extensión de tierra del país en un total de 74 parques o reservas naturales, e incorpora todos los tipos de hábitat importantes. El sistema también está aquejado, claro está, de infinidad de problemas y de una financiación insuficiente, pero, no obstante, resulta asombroso en un país pobre que sufre otros problemas y tiene otras prioridades.

Tras la red de reservas naturales hay un poderoso movimiento conservacionista autóctono compuesto por muchas organizaciones no gubernamentales en las que trabajan los propios dominicanos, en lugar de haberle sido atribuida al país por asesores extranjeros. Todas estas disimilitudes en lo que se refiere a masa forestal, economía y red de reservas naturales surgió a pesar del hecho de que los dos países comparten una misma isla.

A pesar de sus semejanzas, las diferencias que existen entre ambos países resultan aún más sorprendentes si pensarnos que Haití solía ser mucho más rica y poderosa que su vecina. En el siglo XIX emprendió en varias ocasiones tentativas importantes de invadir la República Dominicana y llegó a anexionársela durante veintidós años.

¿Por qué los resultados en los dos países son tan diferentes y por qué fue Haití en lugar de la República Dominicana el que inició un abrupto declive? Entre las dos mitades de la isla hay algunas diferencias ambientales que contribuyeron de algún modo a que los resultados fueran diferentes, pero esas diferencias constituyen la parte más pequeña de la explicación.

La mayor parte de la explicación está relacionada, por el contrario, con las diferencias existentes entre los dos pueblos en lo que respecta a sus historias, sus actitudes, la definición que hacen de su identidad y sus instituciones, así corno entre sus recientes líderes gubernamentales.

Las dispares historias de la República Dominicana y Haití representan un valioso antídoto para quienes se sientan inclinados a caricaturizar la historia del medio ambiente como “determinismo medioambiental”.

Sí, los problemas medioambientales constriñen a las sociedades humanas, pero las respuestas de las sociedades también marcan una diferencia. Así también sucede, para bien o para mal, con las acciones o inacciones de sus líderes. Este capítulo comenzará reconstruyendo las diferentes trayectorias de la historia política y económica a través de las cuales la República Dominicana y Haití establecieron sus actuales diferencias, y las razones que se esconden tras esas diferentes trayectorias.

Cuando Cristóbal Colón desembarcó en La Española, en su primera travesía transatlántica en el año 1492, la isla ya había estado colonizada por indígenas americanos durante aproximadamente cinco mil años. Los ocupantes de la época de Colón eran una tribu de indios de la familia arahuaca, denominados tamos, que vivían de la agricultura, se organizaban en cinco jefaturas y sumaban una cifra aproximada de medio millón de habitantes (las estimaciones oscilan entre cien mil y dos millones de personas).

En un principio Colón constató que eran pacíficos y amistosos, hasta que los españoles comenzaron a maltratarlos. Por desgracia para los tainos, tenían oro, algo que los españoles codiciaban pero que no querían molestarse en extraer por sí mismos. Por tanto, los conquistadores distribuyeron la isla y su población indígena entre determinados españoles, que pusieron a trabajar a los indios corno esclavos, los contagiaron de forma involuntaria con enfermedades de origen euroasiático y los asesinaron.

En el año 1519, veintisiete años después de la llegada de Colón, aquella población original de medio millón de habitantes se había visto reducida a unos once mil, la mayoría de los cuales murieron ese mismo año como consecuencia de una epidemia de viruela que redujo su población a tres mil; y estos supervivientes murieron poco a poco o fueron asimilados en el curso de las décadas siguientes.

Aquella realidad obligó a los españoles a buscar esclavos en otros lugares. En torno a 1520 los españoles descubrieron que La Española era un lugar adecuado para cultivar azúcar, y por tanto empezaron a importar esclavos de África. Las plantaciones de azúcar de la isla hicieron de ella una colonia rica durante gran parte del siglo XVI.

Sin embargo, el interés de los españoles acabó apartándose de La Española por múltiples razones, entre las cuales se encontraba el descubrimiento de sociedades indias más pobladas y ricas en la tierra firme americana, sobre todo en México, Perú y Bolivia, que ofrecían poblaciones indígenas mucho más numerosas a las que explotar, sociedades políticamente más avanzadas que doblegar o ricas minas de plata en Bolivia.

Por sí sola, España sufrió más adelante un declive político y económico que redundó en beneficio de los ingleses, franceses y holandeses. Junto con los piratas franceses, los comerciantes y aventureros también franceses erigieron un asentamiento en el extremo occidental de La Española, lejos de la zona oriental en la que se concentraban los españoles.

Una vez que acabaron las dictaduras de los Duvalier, Haití recuperó su antigua inestabilidad política y su débil economía ha seguido menguando. Todavía exporta café, pero la cantidad exportada ha permanecido constante, mientras que la población ha seguido creciendo. Su índice de desarrollo humano, un indicador compuesto por la combinación de la esperanza de vida, la educación y el nivel de vida, es el más bajo del mundo sin tener en cuenta a los países de África.

Tras el asesinato de Trujillo, la República Dominicana también continuó siendo políticamente inestable hasta 1966, incluyendo una guerra civil en 1965 que desencadenó de nuevo la llegada de los marines estadounidenses y el principio de una emigración dominicana masiva a Estados Unidos. Ese período de inestabilidad desembocó en 1966 en la elección como presidente de Joaquín Balaguer, antiguo presidente con Trujillo y apoyado ahora por ex oficiales del ejército de Trujillo.

Balaguer, un personaje peculiar al que analizaremos más adelante con mayor detenimiento, continuó dominando la política dominicana durante los 34 años siguientes en los que gobernó corno presidente desde 1966 hasta 1978 y, después, otra vez desde 1986 hasta 1996, y ejerció mucha influencia incluso cuando estuvo fuera del cargo entre 1978 y 1986.

CONCLUSIÓN

Haití, después de su independencia en 1804, prácticamente impidió la inmigración de personas con ideas avanzadas, dado el principio constitucional que impedía a los que no fueran de la raza negra poseer propiedades en ese país. El Santo Domingo español, en cambio, alentó la inmigración de grupos de inmigrantes judíos de Curazao, canarios, libaneses, palestinos,  cubanos, puertorriqueños, alemanes, franceses e italianos, entre otros.

Admitiendo las diferencias de carácter material y ambiental entre los dos países, incluyendo las dificultades geopolíticas que enfrentó Haití por ser el primer país de esclavos que se emancipó, se le atribuye a los dominicanos no haberse nunca cerrado al exterior y el haber adoptado una serie de disposiciones de protección a su medio ambiente, otorgándole al doctor Joaquín Balaguer el crédito por las valientes medidas que tomó con el cierre de los aserraderos y la militarización del control forestal en su primer gobierno de 1966.

A partir de 1986, el Gobierno de Balaguer tomó otras medidas, como cerrar aserraderos permitidos a operar en el período 1978-86 y realizar operaciones militares contra el corte ilegal, la remoción de invasores en parques nacionales, “los Haitises” en 1992, y la creación de áreas protegidas y de leyes tendentes a eliminar nuestra dependencia de los árboles criollos para la construcción y la cocción de alimentos. La sociedad actual, necesita de gobernantes que tengan las agallas de Balaguer.