El hombre mediocre, resumen y/o analisis

INTRODUCCIÓN

El hombre mediocre es un libro del sociólogo y médico ítalo-argentino José Ingenieros, publicado en el año 1913. La obra trata sobre la naturaleza del hombre, oponiendo dos tipos de personalidades: la del hombre mediocre y la del idealista, analizando las características morales de cada uno, y las formas y papeles que estos tipos de hombres han adoptado en la historia, la sociedad y la cultura.

Ningún libro escrito en Latinoamérica ha hecho tanto hincapié en que la mediocridad, es el más grande de todos nuestros males. En este trabajo práctico, a modo de un resumen, veremos los nombres de los personajes que intervienen en esta obra, así como también, el tiempo y el espacio en que la misma se desarrolla, tomando en consideración que esta fue escrita a principios del siglo pasado, específicamente en el año 1913.

Se plantean en este trabajo, las características del hombre mediocre, que son deplorables, como la fuerte inclinación que tiene por la envidia, que es la otra cara del hombre mediocre, sumadas, por supuesto, a la arrogancia y a la soberbia.

Los hombres mediocres son astutos y hasta pueden ser más inteligentes que el hombre promedio. Es más, la mediocridad supone estas cualidades antecedentes. Una persona puede creerse un gran artista o un gran genio sobre la base de ciertos talentos heredados, adquiridos o perfeccionados. Pero cuando esta aptitud es contradicha por quienes en verdad lo son, si son humildes, los imitarán, si son soberbios, los envidiarán. Esta es la típica reacción de hombre mediocre.

PERSONAJES PRINCIPALES

  • Hombre Mediocre
  • Científicos

Sócrates, Platón, Aristóteles, Florentino Ameghino, Giordano Bruno,  Claude-Adrien Helvétius,  Théodule-Armand Ribot.

  • Santos

Cristo, David. Teresa de Ávila (Santa Teresa de Jesús).

SECUNDARIOS:

  • Hombre Inferior
  • Hombre Superior
  • Autores

Shakespeare, Dante, Domingo Faustino Sarmiento, Michel de Montaigne, Jean-Baptiste Poquelin (Moliére), Alfred de Musset, George Sand,

  • Artistas

Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert, Wagner.

  • Animales

TIEMPO Y AMBIENTE

  • El tiempo cronológico de este libro es pasado.
  • El libro se presenta a mediados del siglo XVIV en la edad media.

RESUMEN

CAPITULO I

LA EMOCIÓN DEL IDEAL

Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás.

Innumerables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio; cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota; cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad o de Belleza.

Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas.

Definiendo su propia emoción, podría decir quien se sintiera poeta: el Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.

CAPITULO II

DE UN IDEALISMO FUNDADO EN EXPERIENCIA

Los filósofos del porvenir, para aproximarse a formas de expresión cada vez menos inexactas, dejarán a los poetas el hermoso privilegio del lenguaje figurado; y los sistemas futuros, desprendiéndose de añejos residuos místicos y dialécticos, irán poniendo la Experiencia como fundamento de toda hipótesis legítima.

No es arriesgado pensar que en la ética venidera florecerá un idealismo moral, independiente de dogmas religiosos y de apriorismos metafísicos: los ideales de perfección, fundados en la experiencia social y evolutiva como ella misma, constituirán la íntima trabazón de una doctrina de la perfectibilidad indefinida, propicia a todas las posibilidades de enaltecimiento humano.

Los ideales son formaciones naturales. Aparecen cuando la función de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación. Son efectos de causas, accidentes en la evolución universal investigada por las ciencias y resumidas por las filosofías.

CAPITULO III

LOS TEMPERAMENTOS IDEALISTAS

Ningún Dante podría elevar a Gil Bles, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y Hombres. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud.

La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres. El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos.

La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos se convierte en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, de pende de lo mucho que algunos anhelan.

La humanidad no poseería sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores. Los idealistas suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción, sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos cómplices de los intereses creados, dóciles-maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad.

CAPITULO IV

EL IDEALISMO ROMÁNTICO

Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables. Sueñan o más para realizar lo menos; comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y pierden algo al realizarse: de razas o de individuos, nunca se integran como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al Ideal que la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado e inalcanzable.

El hombre incapaz de alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas.

Vive y muere sin haber aprendido a amar. Caricaturiza a este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen primero las queridas y le imponen después la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras, mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un escalón en su mundo.

Musset le parece poco serio y encuentra infernal a Byron; habría quemado a Jorge Sand y la misma Teresa de Avila resúltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar a la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Joselyn, Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas enfermos.

En las eras de rebajamiento, cuando está en su apogeo la mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un ideal democrático y humano. Su amor a todos los que sufren es justo encono contra los que oprimen su propia individualidad.

Diríase que llegan hasta amar a las víctimas para protestar contra el verdugo indigno; pero siempre quedan fuera de toda hueste, sabiendo que en ella puede incubarse una coyunda para el porvenir.

CAPITULO V

EL IDEALISMO ESTOICO

Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan.

Su afán de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone a su personal inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase experimental.

No puede doblar la realidad a sus ideales, pero los defiende de ella, procurando salvarlos de toda mengua o envilecimiento. Lo que antes se proyectaba hacia afuera, polarizase en el propio esfuerzo, se interioriza. “Una gran vida escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en la edad madura”.

Es inherente a la primera ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo las barreras que les opone la realidad; cuando la experiencia advierte que la mole no cae, el idealista atrincherándose en virtudes intrínsecas, custodiando sus ideales, realizándolos en alguna medida, sin que la solidaridad pueda conducirle nunca a torpes complicidades.

Fue error de Cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose a la misma altura en que Cristo muere; los personajes que Mürger creó en la vida bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin rebajarla.

Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza o la Virtud en crisoles más perennes, tiende a fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Toda clasicidad proviene de una selección natural entre ideales que fueron en su tiempo románticos y que han sobrevivido a través de los siglos.

El idealista estoico mantiénese hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o renunciamiento altivo, sin compromisos.

Impórtale poco agredir el mal que consienten los otros; más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo depende de su propio esfuerzo. Adquiere una “sensibilidad individualista” que no es egoísmo vulgar ni desinterés por los ideales que agitan a la sociedad en que vive. Son notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud.

En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad social; en Bakunin, la doctrina social coexiste con una sensibilidad individualista. Es cuestión de temperamento y no de ideas; aquél es la base del carácter.

El temperamento individualista llega a negar el principio de autoridad, se substrae a los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, mientras no descubre en ellos ideales consonantes con los suyos propios.

Cree más en las virtudes firmes de los hombres que en la mentira escrita de los principios teóricos; mientras no se reflejan en las costumbres las mejores leyes de papel no modifican la tontería de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.

En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo.

Llegaron los cirenaicos a despreciar la vida misma; sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fue lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer, como simple sensualidad cuantitativa, es absurdo e imprevisor; no puede sustentar una moral. Sería erigir a los sentidos en jueces. Deben ser otros.

¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría a los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes e infinitamente más, pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros con sabias alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo.

CAPITULO VI

SÍMBOLO

En el vaivén eterno de las eras, el porvenir es siempre de los visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más sublime.

Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agitase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados. Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios parecen articular palabras perceptibles.

Y dice a los jóvenes que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que es loable seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá a crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no vuelve jamás.

Y a los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño sus más vehementes quimeras, instígalos a custodiar sus ideales bajo el palio de la más severa dignidad, frente a las tentaciones que conspiran para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.

CONCLUSIÓN

El hombre mediocre es una especie de ensayo entre lo sociológico, lo psicológico y lo literario, debido a que hay constantes referencias a la sociedad y, a su organización.

Como objetivo principal esta obra pretende educar de una u de otra manera a la juventud para que la misma tenga una mentalidad idealista y así pueda rechazar todas las formas de servilismo, hipocresía, rutina, entre otras.

José Ingenieros manifiesta en su trabajo que no existen hombres iguales y los divide a su vez en tres tipos: ‘El hombre inferior, el hombre mediocre y el hombre superior, pero no ataca a los dos primeros, sino que detalla las características de cada uno y exalta al segundo y lo diferencia con el hombre idealista.

Todos los capítulos y subcapítulos del hombre mediocre hacen alguna referencia al hombre superior, al idealista enfrentado con la vulgaridad, opacidad y rutina, además en los mismos se muestran las diversas formas de mediocridad en los diversos campos de la vida del ser humano.

En su libro José Ingenieros dice que el hombre mediocre es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar, de ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente.