Antecedentes Filosóficos y Científicos de la Psicología

El Mundo del Renacimiento

El Renacimiento comenzó en Florencia, una bella ciudad amurallada de 70 000 personas situada a las orillas del Amo en el norte de Italia. Tal vez el logro más espectacular del Renacimiento italiano fue el trabajo de artistas como Fra Angélico, Andrea Mantegna, Miguel Ángel Buonarotti y Leonardo da Vinci. Este último fue el hombre esencial del Renacimiento: un artista y escultor brillante, inventor y hábil anatomista que realizó el primer modelo de los ventrículos cerebrales y un ilustrador médico cuyos dibujos anatómicos fueron los primeros en proporcionar al observador más de una perspectiva del sujeto representado. El dibujo anatómico más célebre de Leonardo, un embrión humano en el útero, fue tan ilustrativo que apareció en los textos de anatomía durante cientos de años.

El logro técnico más grande del Renacimiento fue la invención de la imprenta. Los primeros manuscritos impresos habían aparecido en China tan temprano como en el    siglo VIII D.C. Sin embargo, esos libros estaban impresos por bloque; es decir, los caracteres y las figuras se tallaban a mano sobre la superficie de bloques de madera, se aplicaba la tinta y se realizaba la impresión. Tal manera de imprimir consumía demasiado tiempo y era laboriosa e inflexible. Poco antes de 1450, después de mucho trabajo y muchas dificultades financieras y técnicas, Juan Gutenberg desarrolló un método para tallar tipografías movibles que se pudieran utilizar en la impresión de un gran número de libros de manera relativamente barata. En 1450 Gutenberg tenía suficiente confianza en su método, por lo que firmó un contrato para “hacer libros”, uno de éstos era la Biblia. Entre 1450 y 1459 Gutenberg imprimió 185 Biblias de Gutenberg, 48 de las cuales existen hoy en día. Poco después, la Iglesia utilizó tipografías movibles para producir indulgencias en serie que se vendían a cambio del perdón de los pecados. Al final del siglo, las imprentas se habían establecido en por lo menos 13 ciudades europeas. Por primera vez, el conocimiento estaba disponible para un número relativamente grande de personas. Los eruditos podían publicar sus propios trabajos y leer los de otros. Para cuando Colón navegó en 1492, ya se habían impreso en Europa 20 millones de volúmenes (Foote, 1991).

El Renacimiento fue la era de Nicolás Maquiavelo y William Shakespeare. En este periodo, además de los volúmenes literarios, se imprimieron los primeros libros de varias áreas del conocimiento, incluyendo la psicología. El primer autor en utilizar la palabra psicología en el título de un libro parece haber sido Rudolf Goeckel (Lapointe, 1970). En 1590 publicó una colección de trabajos de diferentes autores, acerca de la naturaleza de la humanidad, particularmente del alma humana. El título de su libro fue Psychologia hoc est, de hominis perfectione, que se podría traducir de forma literal como “Psicología, esto es, sobre la perfectibilidad del hombre” o, de manera más libre, como “Psicología del mejoramiento del hombre”. Este primer libro de psicología fue un éxito y pasó por tres impresiones antes de que terminara el siglo. El primer libro de psicología en inglés fue el de John Broughton, Psychologia; o, An Account of the Nature of the Rational Soul, publicado en Londres en 1703 (Van de Kemp, 1983).

Durante el Renacimiento, el conocimiento sobre la geografía de la Tierra se expandió como nunca antes. Los navegantes portugueses surcaron 1 500 millas (2 400 km) por la costa de África y establecieron comercio lucrativo en oro, mármol, pimienta y esclavos.

Las rutas de comercio más lucrativas fueron las que atravesaban Constantinopla, la ciudad más grande de la Europa medieval, hacia el Este. Cuando esa ciudad fue saqueada por el sultán Mohammed II en 1453, se volvió imperativa una ruta por el mar hacia el Este.

El primer viaje por mar a la India se realizó en 1497 cuando Vasco de Gama rodeó exitosamente el Cabo Buena Esperanza. Cristóbal Colón buscó una ruta más corta hacia el Este navegando por el Oeste de Europa, pero en 1492 encontró el Nuevo Mundo en lugar de la India, y Fernando de Magallanes en 1519 rodeó el Cabo Cuerno, probando de una vez y por todas que la Tierra es redonda y que los continentes de Asia y América están separados.

Podría parecer que una era tan iluminada pudo dar nacimiento al estudio formal de los seres humanos, la psicología. Después de todo, el Renacimiento fue una era de exploración, descubrimiento y logro artístico. Da Vinci realizó bellos dibujos de la anatomía humana, pero durante esta era no se produjeron estudios igualmente detallados sobre la mente. Las razones pueden ser reveladas mediante el examen de las reacciones de la comunidad teológica del Renacimiento al desarrollo de una ciencia diferente, la astronomía.

La Ciencia del Renacimiento

El lugar de los seres humanos en el Universo

Durante el Renacimiento, las concepciones del cosmos y del lugar de los humanos dentro de él experimentaron un cambio drástico. El cambio se inició en 1543, cuando Nicolás Copérnico (1473-1543) publicó su visión heliocéntrica del Universo. Copérnico fue un distinguido clérigo polaco, humanista y astrónomo. Después de muchos años de observaciones astronómicas concluyó que la concepción de la Tierra como el centro del Universo (geocentrismo), visión del Universo originalmente formulada por Ptolomeo en el Siglo II A.C, era incorrecta. De acuerdo con Copérnico, es el Sol, y no la Tierra, el que se ubica en el centro del Universo y a su alrededor giran los planetas. La diaria salida y puesta del Sol, decía, se debe a la rotación de la Tierra sobre su eje, y la progresión anual de las estaciones se debe a las revoluciones de la Tierra alrededor del Sol.

Este punto de vista centrado en el Sol (heliocéntrico) sobre el Universo no fue completamente original de Copérnico. Ya en el Siglo m A.C. Aristarco de Samos había argumentado que la Tierra daba vueltas alrededor del Sol. En la segunda mitad del siglo xrv, Nicolás Oresme, un seguidor del franciscano inglés William de Ockham (por quien después se llamó navaja de Occam al principio de que la mejor explicación es la más simple), había propuesto la misma idea, pero sus puntos de vista se habían rechazado, pues ciertamente eran contrarios al sentido común. Es evidente, se decía, que esta Tierra sólida no está girando alrededor de los cielos; cualquiera que tenga ojos puede ver que el Sol se mueve en el cielo todos los días, mientras la Tierra permanece fija.

Si la Tierra se moviera entonces no podría dispararse una flecha en línea recta o una piedra arrojada desde una torre caería de forma perpendicular. ¿Los pájaros en vuelo no caerían tras la rotación de la Tierra? Aún más importante, tales propuestas eran contrarias a las enseñanzas de la Iglesia. Como una creación especial de Dios, los humanos deberían ocupar una posición privilegiada en el centro del Universo. Después de todo, la Biblia afirma que Dios trabajó durante cinco días para crear la Tierra, pero tardó sólo un día en el resto del Universo, y descansó el séptimo. Habiendo hecho a los hombres y a las mujeres en su imagen y habiendo prodigado tal cuidado y tiempo en la creación de la Tierra, seguramente Dios no la hubiera puesto en una posición periférica, girando de forma vertiginosa alrededor del Sol. La Tierra debía estar justo en el centro del Universo.

Argumentos como éste eran difíciles de contradecir. Al estar respaldados por la tradición y la autoridad de la Iglesia, tenían la fuerza de un dogma. Oponerse a ellos era herejía. Anticipando una reacción desfavorable a esta teoría, Copérnico demoró la publicación de De revolutionibus coelestium orbium (De las revoluciones de los orbes celestes) durante 36 años. De acuerdo con la tradición, Copérnico lo publicó por primera vez en 1543 mientras yacía en su lecho de muerte. Una vez más el temor obligó a su asistente, Andrés Osiander, a insertar un prefacio en el cual afirmaba que la rotación y la revolución de la Tierra se debía considerar como una hipótesis, una conveniencia matemática para simplificar la descripción del movimiento planetario.

Copérnico fue considerado por algunos el reformador de la astronomía, un segundo Ptolomeo, un hombre que cambió para siempre las concepciones del Universo. Pero su teoría fue también inaceptable para muchos, especialmente para la Iglesia, que etiquetó a su sistema como absurdo y antirreligioso. La réplica de un cardenal: “El Espíritu Santo intentó enseñarnos cómo ir al cielo, pero no cómo va el cielo” (Kesten, 1945).

Copérnico había degradado a los humanos de una posición central a una periférica en el Universo. ¿Los humanos ya no eran más la creación sagrada de Dios? Y una propuesta incluso más demoledora fue formulada tiempo después por un monje dominico, Giordano Bruno (1548-1600), quien dio conferencias en Roma, Génova, Londres, Oxford y París, para defender y extender el sistema de Copérnico. Bruno planteó la existencia no sólo de un Sol, sino de innumerables soles, no sólo una Tierra, sino innumerables tierras, cada una revolucionando alrededor de su propio Sol y potencialmente inhabitada por seres sensibles. Describió, en resumen, un Universo sin límites, punto de vista que le costó la vida.

Entre los puestos del mercado del Campo dei Fiori de Roma, una estatua marca el punto donde Bruno fue quemado en una estaca en 1600.

Galileo Galilei (1564-1642)

Galileo, quien nació en Italia el mismo año en que William Shakespeare nació en Inglaterra, desarrolló la astronomía del Renacimiento y estableció los fundamentos del método científico que hasta hoy se utiliza. En 1606 Hans Lippershey, un alemán fabricante de lentes, mientras caminaba por su tienda entre anaqueles de anteojos (escaparates), notó que cuando miraba a través de la línea de lentes convexos y cóncavos, los promontorios de la iglesia parecían estar más cerca. Lippershey montó dos lentes separados a cierta distancia en un tubo, de forma que los lentes colectaran la luz en el extremo más distante del tubo y los más pequeños, los oculares, aumentaran la imagen.

Así construyó el primer telescopio refractario. Galileo fue comisionado para investigar la afirmación de Lippershey de que había inventado el telescopio —un instrumento que permitiría ver a la distancia—. Patrocinadores astutos vieron que el aparato se podría utilizar tanto en la guerra como en la paz. En la guerra, para prevenir y desviar ataques navales; en la paz, desde la cima de un campanario, los mercaderes podrían ver una nave en la lejanía del puerto con un telescopio. Señales secretas por medio de banderas revelarían el cargamento de las naves, lo que permitiría a los especuladores que las conocieran, hacer dinero en lo que sería después el mercado del Rialto. Galileo encontró que la afirmación de Lippershey era cierta. En 1609 Galileo fabricó un telescopio con un factor de magnificación de 3, y luego un segundo con un factor de 30. Un instrumento tan maravilloso no debía ser utilizado sólo para satisfacer a los mercaderes y los políticos de Venecia, también se podría utilizar en el avance de la astronomía. Así, Galileo apuntó su telescopio hacia las estrellas y vio por primera vez los “monumentos maravillosos”: cuatro nuevas lunas de Júpiter a las que astutamente llamó “Astros Mediceos” en honor de sus mecenas, la poderosa familia Medici; montañas y valles sobre la superficie de la Luna, que capturó en una serie de pinturas en acuarela; la misteriosa leche de Venus que vio como incalculables miles de estrellas fugaces. Galileo también concluyó que Copérnico había tenido razón y que el Sol era en efecto el centro del Universo.

Galileo describió sus observaciones y presentó sus conclusiones en Sidereus nuncius (El mensajero de los astros), publicado en Venecia en 1610. Para entonces habían pasado menos de 100 años después de la denuncia del papa realizada por Martín Lutero en 1517 y la Reforma que escindió al cristianismo occidental en las Iglesias Católica Romana y Protestante. No hubo tiempo para desafiar la autoridad de la Iglesia. El 24 de febrero de 1616, la Congregación del índice, el cuerpo de censura de la Iglesia, condenó la enseñanza del copernicanismo. La Tierra, no el Sol, era el centro del Universo, y Galileo recibió firmes instrucciones por parte del poderoso Robert Cardinal Bellarmine, quien estaba a cargo de la Inquisición (Redondi, 1987), de poner fin a su defensa de la nueva teoría.

Pero las dudas que surgieron de las observaciones de Galileo no pudieron ser ignoradas.

La Iglesia enseñaba que las estrellas habían sido colocadas por Dios en oscuro cielo como  una ayuda para la navegación humana. Pero con su telescopio Galileo observó muchas  estrellas nuevas que no se podían ver a simple vista. ¿Por qué Dios las había colocado en el cielo? Los instruidos cardenales replicaron que Dios las había colocado allí porque sabía que se inventaría el telescopio. Pero Galileo no estaba convencido. El 6 de agosto  de 1623, su amigo Maffeo Cardinal Barberini, se convirtió en el papa Urbano VIII. Con su esperado apoyo y con el poderoso sostén de la familia Medici, Galileo se sintió libre para retomar su defensa del copernicanismo. En 1632 publicó el Diálogo sobre los dos Máximos Sistemas del Mundo, en el que creó un debate hipotético sobre el sistema heliocéntrico.

Con claridad y sabiduría los debatientes argumentaban que el Sol y no la Tierra es el centro del cosmos y que la Tierra no está en reposo, sino rotando sobre su eje y revolucionando alrededor del Sol. Al final del debate los participantes concluyeron que Copérnico había estado en lo correcto. El papa Urbano había apoyado a Galileo insistiendo únicamente en que el Diálogo incluyera la rectificación de que el copernicanismo era una hipótesis. Galileo incluyó esa rectificación en su obra, pero la puso en boca de Simplicius, un tipo de mente simple, de pensamientos poco profundos y habilidad limitada, y con ello marcó su destino.

El Diálogo se incluyó en el índice de Libros Prohibidos del Vaticano. Galileo fue convocado a Roma, donde fue juzgado por diez cardenales y, el 22 de junio de 1633, fue declarado culpable de enseñar doctrinas que se consideraban “absurdas, falsas en filosofía y formalmente heréticas… que no se pueden probar de ninguna forma, las cuales han sido ahora declaradas y finalmente determinadas contrarias a las Escrituras Divinas” (sentencia de Galileo, en Fahie, 1903). Por razones desconocidas, tres de los diez cardenales no firmaron la sentencia de Galileo. En esta confrontación entre observación y autoridad, la última triunfó. Parece probable que a Galileo se le mostraron los instrumentos de tortura antes de hacer que se pusiera de rodillas ante los cardenales y firmara la siguiente abjuración: Yo abjuro, maldecir y detestar los errores y las herejías dichas, y de manera general cualquier otro error y secta contraria al decir de la Santa Iglesia; y yo juro que nunca más en el futuro diré o afirmaré nada, de forma verbal o escrita, que pueda despertar alguna sospecha sobre mí. (Abjuración de Galileo, en Fahie, 1903).

La leyenda cuenta que incluso cuando firmó la abjuración, Galileo murmuró “Eppur si muove” (Sin embargo, se mueve). Después se prohibió que se publicaran los escritos de  Galileo, se quemaron todas las copias de sus libros que se pudieron encontrar, y a él se le confinó en su villa para el resto de su vida. El poeta John Milton fue uno de los pocos  visitantes que recibía. En sus últimos años, el hombre cuyas observaciones ampliaron la  visión del mundo renacentista estaba casi totalmente ciego.

En 1979 el papa Juan Pablo II, antes de hablar en una sesión especial de la Academia Pontificia de las Ciencias del Vaticano, reconoció las destacadas aportaciones de Galileo  a la ciencia, y reconoció el amargo conflicto entre la Iglesia y la ciencia causado por su  caso. Juan Pablo expresó la esperanza de una “concordia fructífera entre… Iglesia y mundo” (papa Juan Pablo II, 1980). Galileo también fue pionero en los experimentos con los que se desarrolló el método para controlar ciertos factores (variables) mientras se manipulan y se miden otros. En sus experimentos estudió la relación entre la distancia de la que caen los objetos y la velocidad en que lo hacen. De manera contraria al mito, estas observaciones no se hicieron dejando caer objetos de la Torre Inclinada de Pisa, sino haciendo rodar pelotas en planos inclinados. Galileo manipuló con cuidado factores como el peso de la pelota y la inclinación del plano; midió el tiempo que la pelota se tardaba en recorrer una distancia fija y su velocidad. Formuló la ley de la caída de los cuerpos: La distancia que ha caído un objeto desde un punto de reposo es igual al cuadrado del tiempo que pasa desde que éste es liberado.

La velocidad es proporcional al tiempo de la caída. Tan precisas fueron las descripciones de Galileo de sus procedimientos experimentales que un investigador contemporáneo, Stillman Drake (1975), pudo replicarlos de manera exacta. Un acertijo aparentemente resuelto por Drake es cómo Galileo pudo usar medidas tan precisas de tiempo, dado que en su época no existían relojes confiables para medir intervalos menores a un segundo. Drake sugirió que Galileo utilizó compases y medios compases musicales para medir sus intervalos. Cantando “Adelante, Soldados Cristianos” al compás de aproximadamente dos notas por segundo, Drake registró intervalos muy cercanos a los que reportó Galileo (Drake, 1975). El control cuidadoso y la medición de variables que Galileo logró en lo que llamó sus “fantasías” proveyeron un modelo para las ciencias físicas y biológicas y, finalmente, para la psicología.

En su Diálogo, Galileo predijo que la ciencia y el comercio italianos serían rebasados por sus rivales nórdicos a menos que se garantizara a los científicos la libertad para investigar. En el margen de su propia copia del Diálogo Galileo escribió:

En la cuestión de introducir fantasías. Y ¿quién puede dudar de que esto conducirá a los peores desórdenes cuando las mentes creadas libres por Dios están servilmente obligadas a una voluntad exterior? ¿Cuándo nos dijeron que negáramos nuestros sentidos y los sometiéramos a los caprichos de otros? ¿Cuándo la gente desprovista de cualquier competencia ha juzgado a los expertos y ha concedido autoridad para que se les trate como a ellos les plazca? Ésas son las fantasías efectivas para provocar la ruina de las naciones y la subversión del Estado. (Galileo, en Newman, 1956c, p. 733)

La apasionada súplica de Galileo por una libertad sin obstáculos para la investigación ha resonado a través de los siglos. Él creía de forma absoluta en el poder de la razón, pues pensaba que “en cuestiones de ciencia la autoridad de un millar no es suficiente para sojuzgar el razonamiento de un solo individuo” (Galileo en Nevvman, 1956). Las condiciones en Italia eran evidentemente desfavorables para la aproximación racionalista a la adquisición del conocimiento que Galileo defendía. Justo como él lo predijo, los siguientes grandes avances científicos se realizaron en Alemania e Inglaterra, los países protestantes del norte de Europa.

Filosofía del Renacimiento

Rene Descartes (1596-1650)

Además de los avances científicos, el desarrollo en la filosofía del Renacimiento proporcionó un fundamento importante para la psicología. Como los filósofos del Renacimiento perseguían el conocimiento de las cosas y sus causas, desarrollaron razonamientos y teorías que tuvieron mucha influencia en los psicólogos posteriores. Rene Descartes fue un destacado matemático y filósofo francés durante los años precedentes e inmediatamente posteriores al juicio de Galileo. Nació en 1596, hijo de un concejal del parlamento provincial de Britania. La herencia de su familia le permitió seguir una vida de estudio y viajes que no se vio obstruida por la necesidad de ganar dinero para vivir.

Desde 1606 y hasta 1614 Descartes asistió a una escuela jesuita en Anjou. Los jesuítas, los soldados descalzos de la vida intelectual de la Iglesia católica, eran conocidos por sus excelentes escuelas. De ellos recibió una educación rigurosamente clásica con un fuerte énfasis en las humanidades, las matemáticas, la religión y la filosofía. Alegando tener una salud delicada, Descartes convenció al rector de la escuela de que se le disculpara de los ejercicios religiosos de cada mañana y se le permitiera permanecer en cama. Toda su vida Descartes creyó que tenía los mejores pensamientos en la mañana, estando en la cama.

Bertrand Russell dijo sobre Descartes que su mente trabajaba mejor en la tibieza de la cama en las mañanas (Russell, 1945). Incluso su biógrafo reportó que para él estar en cama era “un hábito que mantuvo toda su vida, ya que lo consideraba conveniente, sobre todo para el beneficio intelectual y la comodidad” (Mahaffy, 1880). En 1616 Descartes logró un grado profesional y se licenció en leyes en la Universidad de Poitiers.

En 1618 el anteriormente contemplativo y aislado Descartes fue voluntario para servir en un ejército mercenario en Holanda. El 10 de noviembre de 1619 pasó la noche solo, enfrascado en sus pensamientos sobre ideas matemáticas. Descartes se durmió y en su sueño el “Espíritu de la verdad” entró a su mente. Este sueño cambió su vida. Al día siguiente renunció a lo que consideró su pasada ociosidad y resolvió dedicarse a la búsqueda de la verdad y a la unificación de la ciencia mediante el poder de la razón. A la edad de 23 años Descartes resolvió escribir un manifiesto racionalista. Su primer gran éxito fue combinar los métodos del álgebra y la geometría dentro de la geometría analítica.

Desarrolló también métodos que permiten traducir proposiciones geométricas a términos algebraicos, describir curvas geométricas por medio de ecuaciones, y definir la posición de un punto mediante coordenadas con referencia a dos líneas perpendiculares. Tales ideas, decía Descartes, habían venido a su mente mientras consideraba cómo describir en forma matemática la posición exacta de una mosca en su habitación. En ningún momento del tiempo la distancia entre la mosca y el techo (o el suelo), y entre dos paredes adyacentes, definiría su posición. Esas distancias definían las coordenadas de la mosca. Mientras la mosca se movía, su trayectoria se podía describir en una serie de puntos los cuales, en cambio, se podían combinar para formar una curva. Las ideas de la geometría analítica conllevaron un gran esfuerzo y contratiempos antes de publicarlas 18 años después en La Géométrie (Geometría).

El trabajo tuvo un éxito inmediato y aseguró la reputación de Descartes como matemático. La Géométrie, dijo, fue escrita en una “vena despectiva” y su intención era mostrar sus conocimientos, más que transmitirlos a los novatos. Él concluyó su exposición con este comentario irónico: “Yo espero que la posteridad me juzgará amablemente, no sólo por las cosas que he explicado, sino también por las que con toda intención he omitido para dejarles a otros el placer de descubrirlas” (Descartes, en Newman, 1956). En ambos sentidos sus esperanzas se han cumplido.

Descartes dejó Francia por Holanda en 1629 para buscar una vida de erudita soledad. Tan grande era su necesidad de paz y quietud que durante los 20 años que estuvo en Holanda vivió en 24 casas diferentes, en 13 pueblos diferentes, y sólo permitía a un pequeño número de amigos de confianza conocer su paradero. A pesar de esas precauciones, su fama llamó la atención de la reina Cristina de Suecia, quien quería saber cómo vivir feliz y tranquila sin enfadar a Dios. ¿Quién estaba mejor calificado para responder a su pregunta que el máximo pensador de Europa? En 1649 la reina Cristina convocó a Descartes a Estocolmo para adornar su corte y fungir como su tutor privado en filosofía y matemáticas. Se dice que en cuanto recibió la convocatoria, Descartes tuvo un presentimiento de muerte, pero no tenía más opción que acceder, especialmente cuando Cristina envió una nave de guerra para transportarlo a Suecia. La joven reina probó ser una estudiante inepta y lo peor para un hombre con sus hábitos y temperamento, insistía en recibir sus lecciones a las 5 de la mañana. Descartes toleró a la reina y al invierno sueco sólo cuatro meses antes de morir de neumonía el 11 de febrero de 1650. Por una espantosa ironía de la historia, el único ataúd disponible era demasiado pequeño, así que se cortó la cabeza de Descartes antes del entierro y nunca se volvió a unir con el cuerpo (Boakes, 1984).

Además de sus aportaciones a las matemáticas, Descartes también fundó la filosofía occidental moderna. Esperaba además construir un sistema radicalmente nuevo sobre la filosofía desde la conformación de un sistema lógico y científico de pensamiento, el cual presentó en su Discours de la méthode (Discurso del método), publicado en 1637. Por sobre todo, Descartes buscaba la verdad: aquella de la que no se pudiera dudar, un conocimiento que fuera verdadero. Adoptó una actitud rigurosamente científica, y resolvió seguir cuatro reglas de la lógica que consideró suficientes para alcanzar la verdad:

La primera es nunca aceptar nada como verdadero sin tener conocimiento evidente de su verdad; es decir, tener cuidado de no llegar a conclusiones precipitadas y preconcepciones, y no incluir en mis juicios nada más de lo que se presenta por sí mismo en mi mente con tanta claridad y exactitud que yo no tenga ocasión de dudarlo (Descartes, 1637, en Cottingham, Stoothoff y Murdoch, 1985).

Los jesuítas que educaron a Descartes propusieron orgullosos: “Dennos al niño y nosotros tendremos al hombre.” De hecho, Descartes se consideraba devoto, y siempre  insistió en que sus muchos y diferentes hogares estuvieran a una distancia corta una iglesia católica que pudiera recorrer caminando. Sin embargo, algunas veces dudó de la  existencia de Dios y creyó que incluso el teólogo más apasionado debía, en ocasiones, tener dudas similares. Desde un punto de vista empírico no podemos tener la certeza absoluta de la existencia de Dios, consideraciones que para los teólogos católicos eran heréticas. Los trabajos de Descartes están incluidos en el índice de libros prohibidos, y entre los que no se permitía a los editores que imprimieran. Incluso los teólogos de Utrecht en Holanda, cuando tuvieron el control de la España católica, llevaron a Descartes ante una corte para que respondiera a los cargos de “ateo, vagabundo y libertino” (Newman, 1956). Afortunadamente, éstos fueron retirados.

Como resultado de sus dudas acerca de la existencia de Dios, Descartes también concluyó que es posible dudar y cuestionar dones aparentes como la existencia del mundo e incluso de nosotros mismos. Se encontró en un agudo dilema existendal —un dilema que resolvió concluyendo que, en cualquier momento, lo único de lo que se puede tener certeza es de que se está pensando en algo—. Así, para Descartes, la prueba final de su existencia era el acto de pensar: Cogito ergo sum (Pienso, luego existo). Descartes escribió: Noté que mientras estaba tratando de pensar que todo es falso, fue necesario que yo, quien estaba pensando en eso, fuera algo. Y la observación de esta verdad “Yo estoy pensando, luego yo existo” era tan firme y segura que todas las demás suposiciones extravagantes sobre lo escéptico eran incapaces de sacudirla, decidí que podía aceptarlo sin ningún escrúpulo como el primer principio de la filosofía que estaba buscando. (Descartes, 1637, en Cottingham, Stoothoff y Murdoch, 1985).

Si el pensamiento es la prueba final de nuestra existencia, es importante saber cómo y dónde pensamos. Para Descartes, nosotros pensamos con nuestra res cogitans (cosa pensante), la mente. Pero la mente es diferente del cuerpo. Es inextensa, libre y carente  de sustancia. En contraste, el cuerpo es extenso y limitado y tiene sustancia. Existe, propuso Descartes, un dualismo de mente y cuerpo. Pero la mente y el cuerpo no sólo difieren en esas características, sino que también en sus funciones siguen diferentes leyes.

Las acciones del cuerpo están gobernadas por principios y leyes mecánicas, el cuerpo no  es más que una máquina muy compleja. Nuestros cuerpos en gran manera autorregulan  sistemas físicos y desempeñan muchas funciones sin que participe nuestra mente. Nosotros no tenemos que “desear” la digestión de la comida, tampoco tenemos que pensar antes de retirar una mano de una flama. Del mismo modo, no tenemos que pensar sobre cada respiración o cada latido del corazón. El cuerpo se encarga de esas funciones en forma automática.

Así como Aristóteles fue influenciado por el ágora cuando eligió un modelo para el corazón, la concepción de Descartes sobre el cuerpo como mecánico se originó en sus observaciones de las estatuas de cuerda que se arquean ante los transeúntes, los relojes  con cucús que señalan la hora, las fuentes y otras “atracciones” que entonces eran populares en las casas y jardines de la aristocracia. Una persona que paseaba por uno de esos jardines podía pisar un disparador que causaría que un oso mecánico o un maniquí saltara desde una posición oculta en algún extremo, que una fuente comenzara a rociar agua, que una gárgola saludara con una inclinación de su cabeza, o que sonara un instrumento musical.

Una estatua de la diosa Diana tomando un baño, retrocedería modestamente defendida por Neptuno agitando su tridente. En la época de Descartes esas diversiones se consideraban muy entretenidas, pero a él le impresionaban más como modelos del cuerpo humano. Es lógico que el oso y el maniquí no pensaban antes de salir disparados, y Diana y Neptuno eran piedras inanimadas. Su comportamiento ocurría en una forma mecánica simple. En Traite de l’homme (Tratado del hombre, 1637), Descartes incluyó un grabado de las figuras de los jardines reales de Saint-Germain-enLaye, y los mecanismos con que funcionaban.

¿Cómo funciona la máquina del cuerpo? Descartes creía que en el cuerpo había tubos huecos o filamentos diminutos que contenían aires sutiles, o hálitos, algunas veces llamados espíritus animales, que eran calentados y presurizados por el corazón y fluían de los órganos de los sentidos, dando origen a las sensaciones y a los movimientos. Todo esto ocurría en forma de un arco reflejo. Descartes pensaba que en el cerebro, el abrir y cerrar de ciertos poros permitía o bloqueaba el paso de los espíritus animales. Este modelo concibe al sistema nervioso como un sistema hidráulico. En términos modernos, los poros representan el papel de las sinapsis, y los espíritus animales, el de los impulsos nerviosos.

¿Cuál es la diferencia entre nuestros cuerpos y otras máquinas? La respuesta de Descartes muestra la influencia de Galeno. La diferencia, dijo, es la complejidad. El cuerpo humano, por haber sido diseñado por Dios, es infinitamente más complejo que cualquier máquina inventada por seres humanos. Por otra parte, ¿en qué se distinguen los cuerpos de los animales y los de los humanos? Según Descartes, mientras que los cuerpos de los animales son gobernados únicamente por principios mecánicos, en los humanos la mente puede controlar el abrir o el cerrar de ciertos poros, así como controlar su orientación. De esta forma, mediante un ejercicio de la mente, se pueden controlar ciertas acciones reflejas deí cuerpo. Lawrence de Arabia, por ejemplo, era capaz de sostener su dedo en la flama de una vela, y un trapecista con un solo brazo no se rasca la nariz mientras realiza su número.

Ahora bien, si nuestras mentes controlan nuestros cuerpos, ¿en dónde se produce en realidad la interacción? ¿En qué lugar se localiza? Descartes concluyó que el sitio era una estructura del tamaño de un guisante ubicada en el cerebro, el conarium o glándula pineal.

En esta estructura del cerebro, planteó, la mente ejercita sus funciones “más particularmente que en otras partes” (Las pasiones del alma, Artículo XXXI). A esta conclusión llegó porque creía que la glándula pineal, a diferencia de la mayor parte de las otras estructuras cerebrales, no estaba en ambos lados del cerebro. Para Descartes una estructura unitaria parecía el lugar lógico en el que ocurrían las interacciones entre mente y cuerpo. Esta elección fue simplemente un presentimiento, ya que no imaginaba cómo se producía la interacción, o cuáles eran en realidad las funciones de la glándula pineal. Incluso hoy en día no se conoce todo acera de la glándula pineal. Se sabe, por un lado, que secreta precursores de serotonina, los cuales son responsable de los ciclos de actividad y, por otro, que esta misma sustancia incrementa el contraste a la placa radiográfica con la edad. Consecuentemente, se utiliza en muchas ocasiones como referencia para las radiografías cerebrales.

De acuerdo con Descartes existían dos clases principales de ideas en la mente: las ideas innatas, que están presentes desde antes de nacer y no dependen de la experiencia, y las ideas derivadas, las cuales surgen de la experiencia. Ejemplos de las que Descartes consideraba innatas son las ideas del yo y de Dios; las concepciones del tiempo, del espacio y del movimiento, y los axiomas geométricos. Otras ideas provienen de la experiencia individual y están basadas en recuerdos de eventos pasados. Descartes creía que una experiencia particular produce alteraciones del sistema nervioso, o huellas neuronales, y que éstas tienen efectos en la mente cuando actúa para recordar otras experiencias.

Para ejemplificar la forma en la que se producen los recuerdos utilizaba la siguiente analogía. El paso de los espíritus animales a través de ciertos poros en el cerebro los obliga a abrirse y con ello produce una representación permanente de su curso. Esos poros son semejantes a los hoyos que se hacen en una tela de lino cuando se perfora con una serie de agujas, que al ser retiradas dejan esos hoyos parcial o completamente abiertos. El “recuerdo” de las agujas permanece. Cuando la mente busca o recuerda algo, este acto de volición provoca que la glándula pineal se incline primero hacia un lado y luego hacia el otro, con lo que los espíritus fluyen a diferentes regiones del cerebro. De esta manera se estimula la memoria en esas regiones del cerebro y con ello el surgimiento de recuerdos específicos.

Otra característica del ser humano de acuerdo con Descartes es que éste puede experimentar pasiones que surgen del cuerpo, actúan en la mente de forma pasiva y conducen sin otra volición a acciones corporales. Según él, las seis pasiones primarias son admiración, amor, odio, deseo, alegría y tristeza. Todas las demás pasiones humanas son mezclas de las seis primarias.

De acuerdo con Descartes, los animales no poseen mente, por tanto, son incapaces de tener un lenguaje o autoconciencia (Radner y Radner, 1989). Con este planteamiento marcó la división psicológica entre los humanos, que tienen ambos, lenguaje y autoconciencia, y todos los otros animales que no los tienen. Una consecuencia de la posición cartesiana, fue que se permitieran las disecciones de animales. Descartes efectuó muchos de esos estudios. Usualmente se le da el crédito por la primera descripción de la imagen retinal, publicada en 1637. Descartes extrajo el ojo de un buey, cortó una ventana en la parte posterior del mismo, y colocó un trozo de papel en la abertura. Al sostener el ojo hacia la luz, observó en el papel una pequeñísima imagen invertida de su habitación. De esta manera comprobó por primera vez la función de inversión del ojo.

También practicó sin ningún escrúpulo moral o ético disecciones en animales vivos sin anestésicos (pues éstos fueron desarrollados hasta el siglo XIX), convencido de que carecían de sentimientos. Para él, sus chillidos y gritos no eran más que los silbidos hidráulicos y las vibraciones de sus máquinas (Jaynes, 1973).

La influencia de Descartes en la filosofía es ampliamente conocida, pero también influyó en forma importante en el desarrollo histórico de la psicología. Su afirmación de un dualismo mente y cuerpo proveyó un modelo que hasta la actualidad tiene seguidores. La posición cartesiana de que diferentes principios y leyes gobiernan las acciones del cuerpo y las de la mente tiene implicaciones obvias para la psicología, la ciencia de la mente. Finalmente, su distinción entre ideas derivadas e innatas anticipó el paradigma de naturaleza y crianza que ha caracterizado a muchos sistemas psicológicos.

Julien de La Mettrie (1709-1751)

En 1748, casi 100 años después de la muerte de Descartes, Julien de La Mettrie publicó

un trabajo titulado L’Homme machine (El Hombre Máquina) en el cual desarrolló una extensión del materialismo mecanicista. Él argumentó que las personas son sólo máquinas y que sus acciones se pueden explicar exclusivamente mediante principios mecánicos. De acuerdo con La Mettrie, el nombre se distingue de otros animales sólo por la complejidad de su maquinaria, no como Descartes había afirmado, porque tenga mente o, como los teólogos creían, porque posea alma. Atacó además la concepción del hombre como un animal racional, argumentando que a éste lo motiva únicamente la necesidad de buscar placer y evitar el dolor; es decir, es movido por impulsos hedonistas. En sus consideraciones sobre el pensamiento, La Mettrie creía que en los animales, al igual que en los humanos, están presentes ciertos grados de pensamiento. Describió la cognición como un continuum, presente en menor o mayor cantidad en los diferentes organismos.

De acuerdo con su posición, decir que no existe racionalidad en primates y otros animales es tan erróneo como decir que existe la racionalidad perfecta en los humanos.

Más específicamente, La Mettrie rebatió la suposición de que sólo los humanos eran capaces de adquirir y de utilizar un lenguaje simbólico, argumentando que si a un simio se le ensenara el lenguaje por signos con el cuidado y la diligencia con la que comúnmente se acostumbra enseñarlo a niños sordos, el simio mostraría clara evidencia de tener habilidad para utilizar el lenguaje. Después de su entrenamiento, dicho animal, afirmó La Mettrie, “no sería por más tiempo un hombre salvaje, ni un hombre defectuoso, sino que sería un hombre perfecto, un pequeño caballero, con tanta materia o músculos como la que nosotros tenemos, para pensar y para beneficiarse por su educación” (La Mettrie, citado en Limber, 1982). Por más de 200 años los puntos de vista y las sugerencias de La Mettrie continuaron siendo rechazados.

El lenguaje se consideró un atributo exclusivo de los humanos, una función que incluso nuestros parientes primates más cercanos no son capaces de desarrollar. Sin embargo, investigaciones recientes realizadas por los psicólogos comparativos han demostrado que un gran número de chimpancés puede adquirir un lenguaje simbólico (Parker y Gibson, 1990; Savage-Rumbaugh, Rumbaugh y Boysen, 1978).

Filosofía Posrenacentista: Empirismo,

Asociacionismo y Nativismo

Los primeros empiristas

Durante los años posteriores al Renacimiento se efectuaron sendos avances en la filosofía que finalmente aportaron los fundamentos de la psicología. Los primeros empiristas, Thomas Hobbes, John Locke y George Berkeley, hicieron hincapié en los efectos de la experiencia sobre una mente pasiva. Los empiristas tardíos, David Hume, David Harthey y James y John Stuart Mili, consideraban el papel de la mente activa en la formación de asociaciones, y así preparaban el escenario para el estudio psicológico del aprendizaje y la memoria. Sin embargo, los filósofos de Alemania, Gottfried Wilhelm von Leibniz Inmanuel Kant, perpetuaron el nativismo al postular que los contenidos de la mente no son sólo producto de la experiencia, sino que están influenciados por su estructura innata.

Thomas Hobbes (1588-1679)

Thomas Hobbes conoció a Galileo y a Descartes. Él no sólo anticipó el empirismo británico y fue la principal influencia en el pensamiento filosófico y político del siglo XVII, sino que también estudió los contenidos de la mente y sostuvo una visión de la naturaleza humana que los pensadores del siglo XX aún siguen citando. Esta visión de la naturaleza humana sentó las bases de sus teorías sociales y políticas respecto a los orígenes de la organización de los grupos. ¿Por qué los humanos se reúnen en grupos? Y una vez que lo hacen, ¿cómo logran permanecer juntos? Según Hobbes, como nosotros somos básicamente animales agresivos, en el pasado se unieron pequeños grupos de personas para protegerse entre ellos de las agresiones de otros.

Sin embargo, la proximidad social de los miembros individuales incrementó la posibilidad de agresiones internas autodestructivas, y la única forma en la que se podía mantener la integridad del grupo era mediante la existencia de una autoridad fuerte y centralizada, pues de lo contrario no existirían las artes, el lenguaje y la sociedad, y lo peor de todo es que se experimentaría un miedo continuo al peligro de una muerte violenta, y la vida del hombre sería solitaria, pobre, repugnante, salvaje y corta. (Hobbes, 1650/1951). En el Leviathan (1651), Hobbes argumentó que el poder centralizado que su análisis  de la conducta humana había mostrado como esencial, debería ser representado por una monarquía hereditaria cuya característica principal era que los reyes y reinas pretendían haber sido elegidos por Dios y estar dominados sólo por Él. Con base en esto el rey Luis XIV de Francia proclamó, “El homenaje se debe a los reyes; ellos hacen lo que les plazca”.

Sin embargo, para Hobbes este tipo de monarquía era esencial para cualquier sistema de gobierno, no por derecho divino de los reyes, sino porque la designación de los sucesores no se disputaría, y de esa forma se evitaría la posibilidad de conflicto. Hobbes tradujo su postura en acciones políticas al apoyar al rey Carlos I en la guerra civil de 1642 a 1646 en contra de los revolucionarios cuyo líder era Oliverio Cromwell. Los monarquistas fueron derrotados en 1646; Carlos I fue encontrado culpable de traición y ejecutado en enero de 1649. Después de que Cromwell estableció un gobierno republicano, Hobbes se retiró al exilio político en Francia y se convirtió en tutor del futuro Carlos II. Después de la restitución de la monarquía y la coronación de su antiguo estudiante en 1660, Hobbes regresó a Inglaterra y obtuvo un puesto en el servicio diplomático. La visión de Hobbes de la naturaleza humana se refleja en el pensamiento de los sociobiologistas contemporáneos. David Barash (1977) señaló que es difícil para un ser humano que está desnudo y no está armado matar a otro ser humano. Nosotros, a diferencia de otros animales, carecemos de equipo letal para aniquilar, también carecemos de las inhibiciones biológicas que tienen otras especies contra el crimen intraespecie. No obtante, en la actualidad, al disponer de armas y de equipo que permiten matar a distancia, nos encontramos en un lío evolutivo mortal.

John Locke (1632-1704)

John Locke fue el primer empirista británico importante. Nació en la villa campestre de

Wrington el 29 de agosto de 1632. Su padre, un fiscal de pueblo y pequeño terrateniente, mostró una gran ternura y afecto para sus dos hijos, pero se aseguró de que aprendieran a ejercitar virtudes puritanas como la sobriedad, la disciplina y el empeño. Así, Locke aprendió a amar la simplicidad y a odiar el exhibicionismo y los ornamentos excesivos. En 1647, Locke entró a la escuela de Westminster, contigua a la abadía de Westminster en Londres, donde recibió una educación clásica rigurosa que enfatizaba el aprendizaje del griego y el latín.

Sin embargo, Locke y sus condiscípulos, también debían entender los eventos políticos del momento que estaban ocurriendo, algunas veces casi literalmente, del otro lado del muro del patio de su escuela. Carlos I fue enjuiciado en el vestíbulo de Westminster, y es muy probable que Locke haya presenciado la ejecución, pues se sabe que uno de sus contemporáneos, Samuel Pepys, asistió a ella debido a que registró el evento en su diario. Esos eventos políticos debieron afectar a un niño de la inteligencia y la sensibilidad de Locke, pero a pesar de esas distracciones fue un excelente estudiante. En 1647 fue nombrado erudito del rey, y en 1652 fue elegido para una beca juvenil en la Iglesia de Cristo, en Oxford. Durante los tres años siguientes, Locke hizo de Oxford su hogar. Como estudiante se sintió atraído de forma especial por la investigación en medicina, pero aunque estaba calificado como médico nunca ejerció la profesión pues su ocasional práctica nunca fue por dinero.

Locke encontró la filosofía que se enseñaba en Oxford estéril y torpe, y aunque reconocía que Descartes había sido una influencia liberadora en su desarrollo intelectual, elpuritano consideraba al católico con recelo. En particular, consideraba inaceptables la doctrina cartesiana de las ideas innatas y la concepción de los animales como autómatas.

Rechazó también la especulación pura como método de investigación y, en cambio, sin duda influenciado por haber sido elegido como miembro de la Royal Society, apoyaba los métodos experimentales observacionales que habían desarrollado científicos como Harvey y Newton. Locke había leído las consideraciones de Newton sobre las demostraciones de su prisma de cristal triangular expuestas anteriormente. La elegancia y la precisión de esa demostración le llevaron a adoptarla como modelo para su trabajo. Incluso hasta hoy, la psicología modela sus criterios de rigor científico en la física newtoniana.

En 1667 Locke se asoció con Lord Ashley, quien más tarde sería el conde de Shaftesbury,  una figura política inglesa de cierta importancia. Locke trabajó con él como su consejero, secretario, médico de la familia y tutor de su hijo. Tiempo después Shaftesbury lo nombró su secretario de presentaciones, una categoría que lo colocó en el centro de los eventos políticos. Cuando la influencia política de Shaftesbury declinó, fue encarcelado en la Torre de Londres, en donde permaneció hasta que tuvo la fortuna de escapar y encontrar asilo en Holanda. Por su cercana asociación con el conde, Locke también temía ser perseguido, y en 1683 huyó a Holanda. En 1688, después del derrocamiento del rey James II por William de Orange, Locke regresó a Inglaterra a la edad de 56 años.

Dada su experiencia, como se puede comprender, Locke continuó interesado en la política y el gobierno. Un año después de su retorno a Inglaterra publicó su trabajo político más importante, Dos tratados sobre el gobierno (1689/1960). Locke consideraba al gobierno como basado en un contrato social entre los gobernantes y los gobernados, y de acuerdo con él, el Estado tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos y de preservar ciertos derechos inalienables: libertad personal, igualdad ante la ley e igualdad religiosa, aunque no estaba seguro de que esa igualdad debiera extenderse a los católicos. Para prevenir la pérdida de esos derechos, Locke proponía que se limitara el poder del Estado mediante un sistema de restricciones y balances, y con la división del gobierno en poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Según su punto de vista, el abuso constante del poder por parte del gobierno haría que se rompiera el contrato y se alterara la confianza puesta en él, y así podría ser derribado. Ningún europeo aplicó las ideas ilustradas de Locke en los principios de gobierno de una nación, pero sí tuvieron reconocida influencia en los autores de la constitución estadounidense. Cuando Washington, Hamilton, Madison y Franklin se reunieron en la Convención Constitucional en Filadelfia, en el verano de 1787, los Dos tratados sobre el gobierno de Locke les sirvieron como guía. Asimismo, la afirmación de Locke respecto a la dignidad y el valor del individuo, y su defensa del respeto por los derechos fundamentales del ser humano han sido retomados en los códigos de ética profesional del siglo XX, incluso en los Principios éticos de los psicólogos que en la primera oración del Preámbulo tiene un carácter lockeano distintivo:

Los psicólogos respetan la dignidad y el valor del individuo y procuran la preservación y la protección de los derechos humanos fundamentales. Están comprometidos a incrementar el conocimiento de la conducta humana y la comprensión de sí mismos y de los otros y a utilizar ese conocimiento en la promoción del bienestar humano. Mientras persiguen estos objetivos, se esfuerzan en proteger el bienestar de quienes buscan sus servicios y de quienes participan en investigaciones que pueden ser el objeto de su estudio. Utilizan sus habilidades sólo con propósitos congruentes con estos valores y no permiten que nadie, deliberadamente, haga mal uso de ellos. (APA, 1981, p. 633)

La Filosofía de la Educación de Locke

En contraste con la postura hobbesiana de que los seres humanos son animales agresivos, Locke tenía una visión mucho más optimista y liberal de la humanidad. Él creía que el estado original de la naturaleza de los humanos es la bondad y que todas las personas nacen con el mismo potencial, es por eso que proponía una educación crítica. Según él, todos los niños debían tener acceso a una buena educación. Los planteamientos de Locke acerca de la educación fueron publicados en 1693 con el título de Algunos pensamientos concernientes a la educación, un libro escrito con un propósito específico y limitado. Durante su exilio en Holanda, Locke mantuvo correspondencia con Edward Clarke, un caballero inglés que le escribía para pedirle consejo respecto a la educación de su hijo de ocho años de edad. Las cartas de Locke dieron forma al primer borrador de su libro. De acuerdo con Locke, los niños son lo que son por las experiencias que han tenido. Cuando son pequeños, los niños son “viajeros que arriban a un país extraño del que no saben nada” (Locke, 1693/1964). En el momento de nacer las gavetas de sus mentes están vacías, y sólo se llenarán mediante la experiencia.

Como empirista, Locke negaba la existencia de tendencias innatas, disposiciones o miedos en los niños. ¿Por qué, entonces, existen tantos niños que tienen miedo de la oscuridad? De acuerdo con él: “Si a los niños se les dejara solos no estarían más asustados en la oscuridad que en pleno sol; para ellos, en cambio, sería tan bienvenida la primera para dormir como lo segundo para jugar” (1693/1964). Pero con frecuencia este no es el caso. Si, por ejemplo, una niñera insensata le dice a los niños que las brujas, los fantasmas y los duendes están en la noche afuera de las casas buscando a niños malos, es probable que les haga sentir miedo de la oscuridad. De forma similar, Locke decía que los niños están acostumbrados a recibir su “alimento y un trato amable” de únicamente una o dos personas.

Si tuvieran que estar expuestos a mayor número de gente, se irían a los brazos de un extraño con la facilidad con que lo hacen hacia los brazos de los padres. De acuerdo con Locke, las únicas cosas a las que de forma innata tememos son el dolor y la pérdida del placer. A través de la experiencia aprendemos a evitar objetos que se asocien con cualquiera de estas consecuencias:

La placentera brillantez y el brillo de las flamas y del fuego deleitan tanto a los niños, que al principio siempre desean tocarlos. Pero cuando la experiencia constante los ha convencido del exquisito dolor que pueden causar y lo cruel y despiadado que es, aprenden a temer tocarlos y a evitarlos cuidadosamente. (Locke, 1693/1964).

¿Por qué a tantos niños les disgusta la escuela y la lectura de libros? Porque, dijo Locke, la escuela y los libros están asociados con castigos y palizas, prácticas que eran rutinarias en algunos salones de clases británicos hasta la mitad del siglo XX. De esta forma se adquieren los miedos.

Locke también dio instrucciones explícitas de cómo “eliminar terrores vanos”. Para ello usó el ejemplo de un niño que tenía miedo a las ranas, e instruyó a los padres para

tratar este temor de la siguiente manera:

Su niño chilla y huye cuando ve una rana; dejen que otro la atrape y la suelte a una buena distancia de él; al principio acostúmbrenlo a mirarla, y a verla saltar sin ninguna emoción; luego a tocarla suave y rápidamente mientras otro la sostiene en la mano; y continúen haciéndolo hasta que él pueda sostenerla con tanta confianza como lo haría con una mariposa o un gorrión. De la misma forma se puede eliminar cualquier otro terror vano si se toman precauciones, no vaya usted demasiado rápido, y no empuje al niño a un nuevo grado de confianza, hasta que haya confirmado, de manera minuciosa, el previo. Y de esta forma se entrenará al joven soldado para la guerra de la vida. (Locke, 1693/1964).

La postura de Locke acerca de la adquisición y el tratamiento de los temores es notablemente familiar a la de John Watson, y el procedimiento que Locke defendía es casi idéntico al utilizado por Watson y su colega Mary Cover Jones al hacer que un niño pequeño venciera el miedo a los animales (Watson, 1928).

George Berkeley (1685-1753)

George Berkeley fue un niño brillante y precoz que ingresó a Trinity College, Dublín, en

1700, a la edad de 15 años, y escribió un tratado sobre matemáticas euclidianas antes de cumplir los 20. Aunque estaba profundamente influenciado por Locke, el desarrollo intelectual de Berkeley siguió un curso diferente. Locke escribió su trabajo más importante, Ensayo sobre el Entendimiento Humano, cuando estaba al final de sus años cincuenta; Berkeley realizó su contribución más importante y creativa mientras estaba en sus años veinte. Él estaba muy consciente de esta diferencia y de forma más bien arrogante, se preguntaba cómo había sido posible para Locke escribir un trabajo tan importante a la avanzada edad de 57 años.

Berkeley era un escritor formidable y contundente. Publicó sus tres trabajos más importantes en un periodo de cuatro años: Ensayo hacia una nueva teoría de la visión en 1709, Tratado sobre los principios del conocimiento humano en 1710, y Tres diálogos entre Hylas y Filanio en 1713. En el Tratado, Berkeley presentaba una extensión radical de la filosofía de Locke que se conoce como idealismo subjetivo o inmaterialismo. En acuerdo con Locke, argumentaba que todo el conocimiento del mundo externo proviene de una sola fuente: la experiencia. Pero Berkeley avanzó un paso más y afirmó que la existencia del mundo externo depende por completo de la percepción. La materia, de acuerdo con Berkeley no existe en sí ni en sí misma; existe porque es percibida. Su afirmación se resume en la fórmula del latín Esse est percipi (Ser es ser percibido). Para entender la posición de Berkeley se pueden repasar sus argumentos utilizando un objeto familiar como una manzana.

Tanto Locke como Berkeley argumentaban que todo lo que sabemos de una manzana proviene originalmente de nuestras sensaciones: lo que vemos, olemos, gustamos, sentimos y experimentamos ante su presencia. Pero luego Berkeley afirmó que su existencia depende de que sea sentida o percibida y aún más, que la existencia de todo el mundo tiene el mismo requerimiento. Él escribió:

Algunas verdades existen tan cerca y son tan obvias para la mente, que el hombre sólo  necesita abrir sus ojos y verlas. Así,, yo tomo como importante para uno, ser, saber, que  todo el coro del cielo y todo el mobiliario de la Tierra en una palabra, todos aquellos cuerpos que componen el posible sustento del mundo, no tienen ninguna subsistencia sin una mente, que su ser tiene que ser percibido o conocido. (Berkeley, 1709, en Berkeley, 1820).  Bertrand Russell capturó la esencia de la afirmación de Berkeley en este intercambio  entre un observador y un escéptico idealista subjetivo:

Una persona mira hacia afuera de la ventana y observa que puede ver tres casas. Regresa a la habitación y dice “tres casas son visibles desde la ventana”. El escéptico diría “tú quieres decir que tres casas eran visibles”. El otro replicaría “pero no pudieron desaparecer en este pequeño momento”. El observador puede volver a ver y decir “sí, ahí siguen”. El escéptico replicaría: “admito que cuando miraste nuevamente ahí estaban otra vez pero, ¿qué te hace pensar que estuvieron ahí en el intervalo? El observador sólo puede contestar “porque yo las veo siempre que miro hacia allá”. El escéptico diría “entonces tú debes inferir que la causa de que estén es tu mirada. Uno nunca tendría éxito al tratar de demostrar lo contrario, porque no es posible averiguar cómo se ven las casas cuando nadie las está mirando”. (Russell, 1940)

La afirmación de que la materia no existe sin una mente es una afirmación temeraria y es obviamente importante para la psicología, una disciplina que fue definida en sus inicios como la ciencia de la mente. Sin embargo, las afirmaciones de Berkeley invitan a

ser ridiculizadas y malinterpretadas porque parecen ser contrarias al “sentido común”.

Berkeley estaba consciente de que su trabajo podía provocar esa reacción, así que de forma deliberada omitió toda mención de la no existencia de la materia en la portada, la dedicatoria, el prefacio y la introducción del Tratado.

Le suplicó, además, a su lector “suspender su juicio” hasta haber leído el libro en su totalidad, con la esperanza de que la noción “tomara al lector desprevenido”, el que posiblemente nunca hubiera leído la obra si hubiera sabido que contenía tales paradojas (Berkeley, 1710, en Luce y Jessop, 1949). ¡Ay¡ si tal no fuera el caso. Cuando se publicó el Tratado en Dublín (1709) y en Londres (1711), Berkeley fue acusado de insensatez, de solipsismo (la postura filosófica de que sólo se puede probar que existe el yo), y de haber perpetrado un reductio adabsurdum, Gottfried Wilhelm von Leibniz lo acusó de buscar notoriedad con sus paradojas, mientras que el filósofo estadounidense Samuel Johnson refutó la afirmación de Berkeley de que la materia no existe, pateando una piedra, y manifestando que una experiencia similar aclararía la cabeza de Berkeley de tal disgregación de pensamiento.

En un gran número de cartas (Correspondencia Filosófica, Luce y Jessop, 1949), Johnson fue más allá en el cuestionamiento de la afirmación de Berkeley de que las cosas existen sólo cuando son percibidas, citando el ejemplo de un incendio.

Cuando nosotros encendemos una fogata y luego abandonamos la habitación, ninguna  mente la percibe por algún tiempo; aun así, al regresar es posible que veamos un gran  tablón consumido como combustible. Con seguridad podremos concluir que la fogata continuó ardiendo, esto es, que existió durante nuestra ausencia. O consideremos el árbol del jardín; ¿deja éste de existir cuando el jardín está desierto? Los pájaros que anidan en el árbol ciertamente se sorprenderían ante la afirmación de que el árbol no existe.

Berkeley respondió a tan ingeniosa crítica afirmando que la fogata continúa ardiendo y  que el árbol existe cuando no existe nadie que los perciba porque continúan siendo percibidos en la infinita mente de Dios. Berkeley consideraba la sola permanencia del mundo material como prueba definitiva de la existencia de Dios, una prueba que esperaba contraatacaría el escepticismo al que consideraba una consecuencia inevitable de la visión newtoniana del Universo sólo como una máquina automática gigante.

La mayoría de los contemporáneos de Berkeley no eran tan sabios ni tan comprensivos, y consideraron absurdos sus planteamientos un ejercicio filosófico inútil.

Mientras que el Tratado está abierto a la crítica, de manera general se coincide en que la teoría que Berkeley perfiló en el Ensayo hacia una nueva teoría de la visión es un argumento destacado en el debate clásico entre el nativismo y el empirismo. El libro también se puede considerar como el primer trabajo de óptica fisiológica, una disciplina definida por Hermann von Helmholtz un siglo y medio más tarde. La preocupación de Berkeley en el Ensayo fue la percepción visual, de forma especial el problema de la consideración de la percepción de profundidad. En Diálogos Berkeley formuló el problema:

Es, creo yo, un acuerdo de todos que la distancia en sí misma y de manera inmediata, no se puede ver. Al ser la distancia una línea dirigida en forma longitudinal hacia el ojo, provee- ta sólo un punto en el fondo [retina] del ojo, dicho punto permanece invariablemente igual aunque la distancia sea más larga o más corta. (Berkeley, 1709, en Berkeley, 1820).

Pero la percepción de la distancia es una habilidad que somos capaces de utilizar, comúnmente en forma notable. Pensar en aplicar los frenos de un carro para hacer una  parada uniforme en un semáforo o para detenerse detrás de un vehículo más lento. Dado que nosotros obviamente percibimos la profundidad, ¿cómo lo hacemos? La respuesta de Berkeley fue que mediante la experiencia aprendemos a utilizar ciertas indicaciones de profundidad. Él describió un gran número de esas indicaciones: interposición, juzgamos que los objetos que esconden parcial o completamente a otros están nías cerca; tamaño relativo, juzgamos que los objetos más grandes están más cerca; claroscuro, las gradaciones de luz y sombra con frecuencia son utilizadas por los artistas para sugerir profundidad en sus pinturas; y finalmente, movimiento de los ojos conforme los objetos se acercan o se alejan de nosotros. La descripción de Berkeley de esta última indicación es especialmente explícita. Él escribe:

Es cierto por experiencia que cuando miramos a un objeto con ambos ojos, de acuerdo a cómo se aproxima o se retira de nosotros, alteramos la disposición de nuestros ojos mediante la disminución o la ampliación del intervalo entre las pupilas. Esta disposición o cambio de los ojos está acompañada de una sensación, la cual me parece es aquella que, en este caso, conlleva la idea de mayor o menor distancia para la mente. (Berkeley, 1709, en Berkeley, 1820).

Si Berkeley hubiera realizado pruebas experimentales de su teoría de la visión, como los psicólogos contemporáneos lo hacen, hubiera encontrado apoyo empírico para su teoría y también hubiera sido el primer psicólogo experimental. En lugar de eso, desalentado por las frecuentes reacciones hostiles a su trabajo, dirigió su interés hacia otras preocupaciones. En 1720 se involucró en la fundación de una universidad en el Nuevo Mundo, lejos de lo que consideraba la degeneración del Viejo Mundo. Su objetivo era “convertir a los americanos salvajes al cristianismo mediante el establecimiento de una  universidad en las Islas Summer, también conocidas como las Islas de Bermuda” (Berkeley, 1820). Con ese fin utilizó su encanto y su influencia para asegurar un subsidio real para la universidad, una contribución del primer ministro de Inglaterra, y la promesa de un subsidio del parlamento de varios miles de libras. Berkeley abandonó  Inglaterra con grandes esperanzas, para establecerse, entretanto, en lo que esperaba fuera un breve periodo en Newport, Rhode Island. ¡Ay! En su caso, estar fuera de la vista era estar fuera de la mente, y el apoyo desapareció. El parlamento renegó de su promesa, al igual que muchos de sus patrocinadores. Su proyecto visionario falló, otra aguda decepción para Berkeley.

De manera irónica, el trabajo más exitoso de Berkeley fue un libro publicado en 1744 sobre agua alquitranada y varios temas filosóficos que aportaban pruebas de la existencia de Dios. Siris, como se llamó el libro, describía cómo la exudación resinosa del pino y de los abetos podía curar una amplia variedad de afecciones corporales. Al utilizarla para tratar sus propios malestares Berkeley se convenció de que era benéfica. A diferencia de muchas de sus otras publicaciones, este libro fue ampliamente leído y alcanzó las seis ediciones.

Berkeley vivió en América sólo dos años y medio pero conservó por siempre su admiración por el Nuevo Mundo. En su testamento legó su biblioteca a la Universidad de Yale e hizo un generoso legado a la Universidad de Harvard. La ciudad californiana de Berkeley fue llamada así después de él. Murió en Oxford en 1753 e incluso muerto causó  que muchas personas agitaran sus cabezas y lo consideraran un excéntrico, si no es que  algo peor.

Berkeley creía que la putrefacción es el único signo infalible de la muerte, así  que dejó instrucciones específicas en su testamento de que después de su muerte, su cuerpo debía descansar antes del entierro, sin ser lavado, sin ser molestado, y cubierto por las mismas sábanas, hasta que su aspecto fuera ofensivo. Mucha gente juzgó extravagantes sus instrucciones, pero hoy en día, pone en duda lo que somos por la aguda dificultad para definir la muerte. Pues en muchos casos en los que los sistemas de vida artificial hacen posible prolongar la vida biológica durante largos periodos, la posición de Berkeley parece entonces más razonable. Después de todo, Berkeley mismo fue una paradoja. Es evidente que tenía una mente poderosa y original, pero con mucha frecuencia se le consideró un excéntrico inconstante.

ASOCIACIONISMO DEL SIGLO XVIII

Las ideas de David Hume y David Hartley se pueden considerar como ideas de transición entre las ideas de los empiristas y las de los asociacionistas británicos. En tanto que los primeros empiristas habían analizado la mente en sus partes componentes, Hume y Hartley comenzaron a buscar las leyes que describieran cómo se conectaban o combinaban esas partes.

David Hume (1711-1776)

David Hume nació en Escocia y fue educado en la Universidad de Edimburgo. Como estudiante estaba interesado en la ciencia de la vida mental, llamada en ese momento filosofía pneumática; es decir, filosofía relativa a las expresiones de la fuerza vital de la vida a la que los griegos llamaban pneuma. En la filosofía pneumática los humanos son considerados parte de la naturaleza, por lo que se concluye que deberían ser estudiados  con los métodos de las ciencias naturales. La filosofía pneumática incluyó un estudio de  la vida mental y un intento por establecer los principios subyacentes a las operaciones mentales. Los trabajos más importantes de Hume para la psicología fueron Un tratado sobre la naturaleza humana (1739) y Una investigación sobre el entendimiento humano (1748).

Estos libros sólo tuvieron un éxito mediano, no alcanzaron la popularidad suficiente como para satisfacer al intensamente autocrítico Hume o para asegurarle una posición académica. Dos veces buscó sin éxito una cátedra sobre filosofía pneumática, por lo que  se volvió hacia la política y la diplomacia, en donde ocupó diversos puestos hasta culminar con su nombramiento como subsecretario de Estado. En 1716 Hume publicó Historia de Inglaterra, un trabajo que fue un éxito y que hizo que se reconociera su nombre, aunque no como filósofo.

En el Tratado, Hume estableció la distinción entre las impresiones y las ideas. Él consideraba que éstos son contenidos mentales diferentes en el grado de fuerza o vivacidad con la que se imprimen en la mente. Las ideas, según Hume, eran copias débiles de las impresiones, muchas de las cuales provienen de las sensaciones. Sentir es casi todo. Para él, senso ergo sum (siento, luego existo). De acuerdo con Hume, existe una conexión causal entre impresiones e ideas; al ocurrir juntas, se llegan a asociar, y la idea llega a parecerse a la impresión. Uno de sus planteamientos es que las ideas simples se combinan en la mente para formar ideas complejas de acuerdo con tres leyes o principios de asociación: semejanza, contigüidad, ya sea en tiempo o espacio, y relaciones de causa y efecto.

En la introducción de Una investigación sobre el entendimiento humano, Hume defendía una nueva ciencia de la naturaleza humana diferente de la filosofía. Los seres humanos son parte de la naturaleza y deben ser estudiados utilizando los métodos de las ciencias naturales. Los sistemas de ética, la conducta política, el criticismo y la razón, y la conducta moral deben ser todos descritos y explicados. Todos ellos eran considerados por Hume como productos naturales de los procesos mentales, los que según él, podían ser estudiados en forma científica. Su ensayo tuvo poco impacto en sus semejantes, pero su sugerencia de una nueva ciencia de la naturaleza humana preparó el camino para que Wundt estableciera, cerca de 100 años después, una ciencia de la mente.

David Hartley (1705-1757)

El trabajo más importante de David Hartley para la psicología fue Observaciones sobre el Hombre (1749). Hartley fue preparado para ser ministro de la Iglesia de Escocia (presbiteriana), pero se encontró incapaz de aceptar ciertas doctrinas teológicas, por lo

que cambió su profesión por la medicina. Como se podía esperar de un médico, su orientación estaba lejos del común en la fisiología entre los asociacionistas británicos. Según Hartley, tanto mente como cuerpo debían estudiarse porque están relacionados de manera biológica. Específicamente localizó las facultades mentales en el cerebro e hizo notar que:

La perfección de nuestras facultades mentales depende de la perfección de su sustancia (sustancia medular blanca del cerebro); que todas las lesiones en ella afectan de forma proporcional a la preparación de las ideas; y que no pueden ser restauradas en su curso  natural hasta que tales lesiones sean reparadas. Los venenos, los licores espirituosos, los narcóticos, las fiebres, los soplos en la cabeza, etcétera, todos, afectan de forma clara, a la mente por desordenar la sustancia medular. Y las evacuaciones, el descanso, las medicinas, el tiempo, etcétera, restauran, también de manera clara, a la mente hasta que recupera su estado inicial, por medio de la reversión de los efectos antes mencionados. (Hartley, 1749/1912).

Algunas de las observaciones de Hartley fueron notablemente precisas. Él describió las postimágenes positivas tanto para estímulos visuales como auditivos: la impresión de una vela que continúa después de que se apagó la flama, la impresión de una nota que continúa después de que el acorde deja de tocar. ¿Por qué tenemos esas postimágenes?

Hartley sostuvo que los objetos en el mundo externo actúan sobre nuestros órganos sensoriales causando partículas medulares Ínfinitesimalmente pequeñas que vibran en los nervios y luego en el cerebro. Estas vibraciones continúan durante un breve lapso después de que el estímulo desaparece; así es como se forman las postimágenes.

En el cerebro, las vibraciones y las ideas se asocian cuando ocurren en forma simultánea un número suficiente de veces. En su Proposición XI, Hartley describió este proceso reverberante:

Cualquier Vibración A, B, C, etc., que se asocia con alguna otra un número suficiente de

veces, obtiene tal poder sobre a, b y c correspondientes a Vibraciones miniatura, que cualquiera de las vibraciones A, cuando se imprimen solas, pueden ser capaces de excitar a b, c, etc., en la mente, o sea a las vibraciones miniatura. (Hartley, 1749/1912)

De acuerdo con Hartley, tales asociaciones eran básicas para todas las ideas, opiniones y afectos. El asociacionismo de Hartley tiene bases biológicas que no existían en las teorías de sus predecesores o en las de los asociacionistas que lo siguieron. Él recurrió a sus experiencias clínicas como médico y como científico biológico; experiencias que no estaban disponibles para los demás filósofos de su época. Su trabajo anticipó una rama  de la psicología que no sería establecida hasta después de 100 años, la psicología fisiológica.

Asociacionismo del Siglo XIX

Existieron tres asociacionistas importantes en el siglo XIX: James Mili, su hijo John Stuart  Mili, y Alexander Bain. La amplitud de sus intereses incluía muchos de los temas que más tarde formarían parte del dominio de la psicología. A los tres hombres les preocupaban los problemas sociales y la reforma social. Los Mili en particular fueron activistas liberales que influyeron en la política doméstica y colonial de Inglaterra mediante sus múltiples libros, revistas y periódicos.

James Mili (1773-1836) y John Stuart Mili (1806-1873)

John Stuart Mili comenzó su autobiografía con la afirmación “Yo nací en Londres el 20  de mayo de 1806, y fui el hijo mayor de James Mili, el autor de La Historia de la India

Británica” (Mili, 1873/1961). En su notable afirmación no menciona en absoluto a su madre, que no aparece en ninguna parte de su autobiografía. Mazlish (1975) señaló que en esta nueva versión de la inmaculada concepción, tanto la historia como el niño parecen haber sido producidos sólo por James Mili. La relación entre padre e hijo es de  gran interés psicológico.

James Mili nació en 1773, hijo de un zapatero de una villa escocesa. Su orgullosa y ambiciosa madre dominó sus primeros años de vida, insistiendo en que se volviera devoto del trabajo y el estudio. Estudiar era su única ocupación y, por tanto, James Mili, al igual que su hijo, no tuvo amigos en la infancia. Bajo el patrocinio de Sir John Stuart, por quien más tarde John Stuart Mili recibiría ese nombre, James ingresó a la Universidad de Edimburgo para estudiar para ministro presbiteriano. Se licenció como predicador en 1799, pero no pudo conseguir una parroquia porque, como Edwin G. Boring (1957) explicó, sus feligreses no entendían sus sermones. Pasó los siguientes tres años como pre-dicador itinerante antes de desilusionarse de la carrera religiosa y emigrar a Londres. Se cuidó de eliminar su acento escocés, por lo que rápidamente se convirtió en miembro de un grupo de escritores y editores ingleses.

Para asegurar una posición en la Compañía de la India Británica del Este, James Mili se dispuso a escribir una magnum opus, o gran trabajo, sobre la historia de la India Británica. Comenzó a escribir el libro en 1806, el año en que nació su primer hijo, John Stuart, y esperaba terminar la historia en dos años. En realidad le llevó doce años concluirla, los años de la infancia de su hijo. Su matrimonio, que inicialmente había sido feliz, comenzó a derrumbarse conforme empezó a considerar a su esposa, Harriet, como una “hausfrau” nada inteligente, y a menospreciarla en su hogar y en público. A pesar del aparente desdén por su esposa y del hecho de que era uno de los primeros defensores del control de la natalidad, engendró a ocho niños más.

La Historia de Mili, publicada en 1817, fue bien recibida y le permitió asegurar una posición superior como asistente civil en la Compañía del Este de India. Pronto obtuvo la seguridad económica, y el reconocimiento por sus escritos, y por su amistad con ricos e influyentes. Sin embargo, los años durante los cuales escribió el libro y John Stuart creció deben haber sido de tensión y ansiedad.

Sumado a todo esto, James Mili también era seguidor de la ética del trabajo incesante y duro. Él se consideraba un hombre exitoso, que había triunfado por su propio esfuerzo. Estampó en su hijo, de manera implacable, la idea de que una persona que trabaja más que otras, al final las superará a todas. Influenciado por la filosofía educativa de Locke, James Mili creía que todos los niños son parecidos al nacer, con pequeñas variaciones en sus potenciales para aprender. Según él, la mente de los niños era una tabula rasa, una tabla en blanco o una pizarra limpia, sobre la cual los maestros pueden imprimir cualquier cosa que deseen. Como maestro de su hijo, dedicó su vida a imprimir la máxima cantidad de conocimiento sobre la mente de John Stuart. Dedicaba cuatro o cinco horas al día a las lecciones del niño. En su prosa característicamente brusca, John

Stuart Mili recordó aquellos días:

Una gran parte de casi todos los días era empleada en la instrucción de sus hijos; en el caso de uno de ellos, yo mismo, todo puede ser pensado como su éxito, él ejecutaba estupendamente una cantidad de trabajo, cuidado y perseverancia que siempre se empleaban en un propósito similar, esforzándose por dar, de acuerdo con su propia concepción, la máxima armonía a la educación intelectual. (Mili, 1873/1961).

 En efecto lo hizo. James Mili consideraba a su hijo como un niño prodigio y esperaba que siempre se comportara como tal. Un fracaso en el desempeño incluso en el nivel más alto era duramente criticado. Tan constantes eran las críticas de su padre que cuando era niño, John Stuart concluyó que era algo atrasado. Comenzó a aprender el griego a la edad de tres años y el latín a los cinco, John Stuart trabajó los textos clásicos griegos y latinos en sus idiomas originales. Estudió literatura, historia, matemáticas y política. En resumen, recibió una de las educaciones más rigurosas de las que se tenga registro. A la edad de once años publicó su primer escrito serio, un trabajo sobre el gobierno romano que se enfocó en la lucha entre los plebeyos y los patricios romanos en el que mostró claramente su simpatía por los primeros. Esto fue una anticipación de los temas de muchos de los trabajos posteriores que dedicó a la defensa de los derechos de la gente común tratando de socavar el poder de la aristocracia inglesa. Sus cartas de la infancia muestran que John Stuart Mili era increíblemente precoz. A la edad de doce  años su nivel de educación era comparable con el del mejor de los graduados de la universidad.

A pesar de estos logros, su educación rigurosa tuvo aspectos negativos. A John Stuart  nunca se le permitió actuar como niño. Debido a que no tenía compañeros de juego, nunca aprendió a jugar. Incluso su relación con sus hermanos y hermanas era inusual, ya que a la edad de ocho años su padre lo nombró su tutor y lo hizo responsable del progreso de su educación. El énfasis siempre se ponía en el trabajo duro y la fría racionalidad.

Los sentimientos y las emociones se consideraban irrelevantes, y su expresión se desalentaba de forma activa. James Mili se propuso hacer de su hijo una “máquina de razonar” y parece que, por lo menos durante los primeros 20 años de la vida de John Stuart, tuvo éxito. A la edad de 18 años John Stuart Mili se describió a sí mismo como “una máquina lógica, seca, dura”, una descripción que sus contemporáneos pensaron era precisa.

En 1823, a la edad de 17 años, John Stuart aceptó un puesto como oficinista, trabajando bajo las órdenes de su padre en la Compañía del Este de India. Permaneció en la compañía hasta 1858, cuando se retiró como jefe de la oficina del examinador de la correspondencia de India. Poco después de aceptar ese nombramiento, la máquina lógica, fría, dura, comenzó a deshacerse en partes. En 1826 sufrió una severa crisis mental caracterizada por depresión profunda, inhabilidad para trabajar y agudos sentimientos de inutilidad. Este periodo de crisis duró hasta la mitad de sus años veinte, cuando se recuperó de forma lenta, hasta emerger con un autoconocimiento incrementado de manera particular, y un reconocimiento de la importancia de los sentimientos y las emociones.

Visualizó la necesidad de reconocer lo irracional lo mismo que lo racional, de ver que los  humanos son algo más que máquinas sin sentimientos. Sin embargo, durante toda su  vida estuvo perturbado por sentimientos de depresión.

En 1830 John Stuart Mili conoció a Harriet Taylor, una hermosa y vivaz mujer de la que se enamoró locamente. Thomas Carlyle comentó: “Mili, quien hasta ese momento ni siquiera había mirado a ninguna criatura femenina, ni siquiera a una vaca, a la cara, se encontró frente a aquellos grandes ojos oscuros, que transmitían cosas indecibles mientras que él estaba dando un discurso sobre lo indecible relativo a todo tipo de temas elevados” (Carlyle, en Kamm, 1977). Harriet Taylor estaba casada, era madre de dos hijos y pronto tuvo un tercero. Ella y Mili comenzaron una relación aparentemente platónica con intensas insinuaciones emocionales, que duró hasta que ella murió en 1858.

Hasta la muerte del marido de Harriet, los tres adultos vivieron juntos en un ménage a

trois que escandalizó a algunos de sus conocidos Victorianos (Hayek, 1951). Durante 1831 y 1832 los dos intercambiaron una serie de ensayos sobre el matrimonio, el divorcio, el suministro para los niños de padres divorciados, y las mujeres y su papel en la sociedad. Dos años después de la muerte de su marido, en 1849, Harriet Taylor finalmente se casó con John Stuart Mili; y vivieron juntos hasta la muerte de ella.

En 1869 Mili publicó, como un tributo para su tardía esposa, su ensayo “El Sometimiento de las Mujeres”. En él expuso un análisis de la posición de las mujeres en la sociedad y clamó por una acción política que asegurara la igualdad de los sexos. Igual que los textos  de Mary Wollstonecraft, Una reivindicación de los derechos de la mujer (1792), Charlotte Perkins Gilman, Mujeres y economía (1898), y Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1951), el ensayo de Mili está considerado como uno de los grandes acontecimientos del movimiento por la igualdad de derechos sociales y políticos para las mujeres (Rossi, 1970).

Pero Mili no sólo fue un teórico en su torre de marfil. Durante el periodo en el que se desempeñó como miembro independiente del Parlamento en la Casa Británica de los Comunes, introdujo un proyecto para el sufragio de las mujeres. Este proyecto consternó a los miembros del parlamento que rápidamente votaron para que no se aceptara.

Durante los últimos años de su vida Mili fue una de las figuras intelectuales más importante de su periodo. Él no vaciló en expresar sus opiniones y tomar una posición acerca de temas controvertidos. Durante la Guerra Civil de Estados Unidos, por ejemplo, declaró de manera pública su oposición contra la esclavitud. John Stuart Mili murió en 1873, dejando una rica herencia de trabajos y una reputación de pensador liberal sobresaliente.

Alexander Bain (1818-1903)

El último de los asociacionistas británicos del siglo XIX que vamos a considerar es Alexander Bain. Era escocés, hijo de un tejedor de Aberdeen. Su familia era pobre, por lo que tuvo que dejar la escuela a los doce años de edad para trabajar como tejedor de ropa en una fábrica. Sin embargo, continuó su educación en el hogar, en donde aprendió por sí mismo matemáticas y latín. Finalmente, después de muchas dificultades, logró entrar a la universidad. Se graduó con altos honores y se mudó a Londres donde se hizo amigo de John Stuart Mili y miembro de su grupo intelectual.

Bain trabajó como periodista independiente hasta 1860, cuando, a la edad de 42 años, finalmente recibió un nombramiento en la Universidad de Aberdeen.Los trabajos psicológicos más importantes de Bain fueron Los sentidos y el intelecto (1855), Las emociones y la voluntad (1859), y Mente y cuerpo (1872). Sus primeros dos libros en realidad fueron un solo trabajo con cuatro años de distancia entre la publicación de cada parte. El editor estaba reacio a impulsar la segunda parte del libro porque la primera no había sido un éxito financiero. En años posteriores los dos volúmenes fueron ampliamente leídos. Pasaron por un gran número de revisiones y durante 50 años fueron los textos británicos clásicos sobre psicología. Por último, en 1882 Bain publicó una biografía informativa de James Mili, cuyo trabajo y filosofía admiraba enormemente.

En 1876 Bain fundó la revista Mind, la primera revista psicológica publicada hasta entonces. Durante muchos años tuvo que apoyar financieramente a la revista para asegurar su supervivencia. Sir Francis Galton, William James y el mismo Bain publicaron trabajos importantes en Mind. La revista también se destacó por proveer una ruta alternativa de publicación para las revistas que estaban por ser fundadas, editadas y dominadas por Wundt y Titchener durante los últimos años del siglo XIX. La fundación de Mind fue una contribución considerable para el desarrollo de la psicología como una  disciplina independiente tanto de la filosofía como de la fisiología.

Bain estuvo más cerca de ser lo que consideraríamos un psicólogo que ninguno de los filósofos y eruditos que hasta aquí se han considerado. Lo mismo que a Hartley, a él le preocupaba el desarrollo de explicaciones fisiológicas de las acciones humanas y de los pensamientos; sin embargo, estuvo lejos de ser un reduccionista, ya que siempre sostuvo que los datos conscientes son de primordial importancia. Él reconoció la importancia de los impulsos internos y con ello desarrolló una concepción activa en lugar de una pasiva acerca de la motivación. A los cinco sentidos clásicos de Aristóteles Bain agregó el sentido “orgánico”, el cual provee de sensaciones provenientes de los músculos y está involucrado de manera cercana en la coordinación de los movimientos. cristal, con su bastón favorito en la mano. Si sus amigos deseaban recordarlo debían llevarlo a sus reuniones.

Las instrucciones de Bentham fueron seguidas al pie de la letra. En 1850 su autoefigie fue presentada en el Colegio Universitario de la Universidad de Londres. Ahí, excepto por una breve evacuación durante la Segunda Guerra Mundial, ha estado expuesto desde entonces (Marmoy, 1958) En cuanto a sus consideraciones sobre las acciones humanas, Bain creía que los hábitos son de central importancia. De acuerdo con Bain, los movimientos azarosos, algunos de los cuales conducen a consecuencias placenteras y otros a consecuencias displacenteras, forman las bases del aprendizaje.

El primero tiende a repetirse y así, los hábitos se desarrollan, mientras que los segundos se debilitan tanto que no se desarrolla un hábito particular. La similitud con la posterior ley del efecto de Edward Thorndike (Thorndike, 1911) es clara, y se puede rastrear la conexión histórica desde Bain hasta Thorndike. Bain influyó en un psicólogo comparativo Inglés, Conway Lloyd Morgan (1852-1936), quien realizó experimentos tempranos sobre aprendizaje y sobre los instintos de los pollos. En 1896 Morgan fue invitado a la Universidad de Harvard para dar una serie de conferencias en la cátedra de Lowell en las que describiera su investigación en aprendizaje por ensayo y error. Sentado entre la audiencia estaba un estudiante, Thorndike, quien poco después comenzó sus propios importantes experimentos sobre el aprendizaje en pollos.

Bain desconfiaba de la especulación y del “psicologizar de escritorio”. Enfatizó la importancia de las observaciones de las actividades diarias tanto de los seres humanos como de los animales. Tales observaciones naturalísticas proporcionarían la comprensión de la conducta animal y humana, pero Bain simpatizaba con los métodos experimentales y los enfoques del desarrollo. En Emociones y voluntad se ocupó de problemas de la psicología aplicada: el diagnóstico del carácter mediante la compilación de estudios de casos y la posibilidad de crear pruebas de evaluación de habilidades y aptitudes. Bain, quien de niño había sido forzado a trabajar bajo un sistema brutal de trabajo a destajo, abogaba por prácticas de trabajo cultas y, de manera particular, por la importancia de considerar las capacidades y las habilidades de las personas al seleccionarlas para los empleos.