LA INDUSTRIA TURISTICA DOMINICANA Y LOS PROBLEMAS IMPOSITIVOS QUE AFECTAN LA COMPETITIVIDAD

El turismo en la economía dominicana

Suponemos que nadie pretenderá que es una exageración si se dice que el turismo es la nueva espina dorsal de la economía dominicana. El sector incluye directamente las actividades hoteleras, bares y restaurantes, cuyos servicios son utilizados en un alto porcentaje por no residentes, por lo que constituyen exportaciones de servicios y bienes. Pero además, indirectamente existen otras muchas actividades que le sirven de apoyo o suministro, o cuya demanda está asociada a los ingresos generados por el turismo. La suerte de estas ramas de la economía está íntimamente ligada a lo que ocurra con el turismo.

Es, con toda seguridad, el sector más integrado de la economía nacional, y el que irradia mayor influencia y el que más distribuye ingresos hacia el resto del aparato productivo. Los aproximadamente 4.3 millones de no residentes que están visitando el país durante el presente año, incluyendo 4 millones sólo por vía aérea, algún efecto importante han de estar teniendo sobre toda la economía.

Para alcanzar una idea más o menos precisa de su magnitud vamos a considerar que según las estadísticas del Banco Central, la estadía media de los visitantes extranjeros (vía aérea) fue de 9.3 días en el 2006 y el gasto diario promedio fue de US$102.72. A su vez, cada dominicano residente en el exterior gasta en el país unos US$785 durante su visita, equivalentes a 46 dólares diarios.

Considerando que una aproximación a lo que es el consumo diario medio per cápita de la población local es de US$7.23 diarios (exceptuando el consumo de los propios turistas,), esto quiere decir que el consumo al día de un turista extranjero equivale al de 14 dominicanos, y que los visitantes son responsables por aproximadamente el 15% del consumo privado que se realiza en el país.

Claro está que la estructura de consumo del turista no es comparable a la del dominicano medio, por lo que no se manifiesta de la misma manera en la demanda de bienes para cualquier sector de la economía; la del visitante está más centrada en alojamiento, alimentos, productos del tabaco, transporte, entretenimiento, productos artesanales, etc. Por tanto, si bien es cierto que hay ramas de la economía para las cuales el turismo es irrelevante, hay otras como la agricultura, puertos, aeropuertos, transporte interno, abastecimiento de combustibles, artesanías, espectáculos, comunicaciones, construcción, y algunas ramas industriales, como las de alimentos y bebidas, muebles, equipamiento de habitación, etc., para las cuales el comportamiento de este sector puede ser crucial. Igualmente importante puede ser la demanda para varias otras ramas productoras de bienes de consumo, como productos de limpieza y tocador, productos de papel, etc. Sin lugar a dudas este es un nicho de mercado significativo para muchos productores nacionales, si bien todavía no es suficiente para definir la dinámica del conjunto de las ramas productivas.

Vale la pena indicar también que una reorientación de las inversiones que está teniendo lugar en los momentos actuales es la de grandes operaciones inmobiliarias ligadas al turismo. Gran parte de las nuevas construcciones se canalizan a villas y apartamentos lujosos destinados a ser comercializados para el mercado internacional, por lo que sería de esperar que en el futuro sea creciente la participación del turismo de elevados ingresos, aunque con menor impacto en la ocupación hotelera.

Es por todas las razones expuestas que resulta insuficiente pretender medir el aporte del sector limitándolo al valor agregado generado en los hoteles, bares y restaurantes. En 2005, el World Travel and Tourism Council, publicó un trabajo titulado “Dominican Republic: Travel and Tourism, Sowing The Seeds Of Growth”, en el que se hacen estimaciones sobre el alcance económico de las actividades directas e indirectas del sector, a través de la elaboración de una cuenta satélite de turismo.

De acuerdo al estudio señalado, en 2005 la economía relacionada con el turismo, que incluye a la producción directa así como la indirecta, elevó su monto a US$7,026 millones, mientras el PIB total del país alcanzó los US$29,333 millones. Lo anterior significa que el turismo en sentido amplio abarca o mueve el 23.9% de la generación de valor agregado nacional, lo que le otorga enorme relevancia e influencia.

Factores que favorecieron el desarrollo del sector en la República Dominicana

Cuando a inicios del decenio de 1980 el país recibió las señales de alarma sobre el futuro de la industria azucarera, y se comenzó a plantear la conveniencia de que la economía se fuera preparando para ver la sustitución gradual de su “espina dorsal” que ya no podría seguirlo siendo por mucho tiempo, pocos se atrevieron a pronosticar que esa sustitución tuviera lugar de manera tan rápida y exitosa.

Aunque casi todas las economías de América Latina se proponían diversificar sus fuentes de generación de divisas, en pocos países se planteaba esto como una necesidad muy apremiante como para la República Dominicana, dado el hecho de que su producto principal, el azúcar, entraba en decadencia.

Pero, igualmente, ninguno fue tan exitoso en diversificar su sector exportador en tan corto tiempo. Hoy el país cuenta con varias fuentes importantes de generación de divisas, incluyendo las remesas familiares, la propia industria azucarera, algunos otros productos agrícolas, la minería, las zonas francas y las telecomunicaciones. Pero no escapa al conocimiento de nadie que el más importante de todos es el turismo.

Este sector, por sí sólo, aportó a la economía nacional en 2006 unos US$3,792 millones, un 36% de los ingresos de la cuenta corriente de la balanza de pagos y más que ninguna otra rama individual de la economía. Su crecimiento ha sido persistente por casi tres décadas, salvo algunos años por circunstancias especiales, muchas veces por factores que escapan completamente al entorno nacional.

En una primera etapa, el crecimiento del sector estuvo ligado a varios factores, entre ellos la existencia de un régimen de incentivos fiscales a la inversión en el sector. Con esta política de incentivos ocurrió algo parecido a lo que es muy común, en cada época histórica, al conjunto de ideas prevalecientes entre los académicos y los gestores prácticos de la economía: por un tiempo se les considera positivos, se aplican, se ponen de moda y rinden algunos frutos; pero después engendran resistencias y críticas, surge un nuevo paradigma que los cuestiona, hasta que desaparecen.

Cuando, entre finales del decenio de los ochenta y principios de los noventa, se hacía evidente que los incentivos fiscales basados en exenciones o exoneraciones impositivas tendían a desaparecer, la corriente que impulsaba tal tendencia planteaba persistentemente que el esfuerzo promotor del Estado debía canalizarse por vía del gasto público y por el conjunto de políticas macroeconómicas.

En el caso del turismo, se esperaba que la nueva política de fomento estatal se reflejara en buena infraestructura y servicios de apoyo al sector. Por otro lado, se esperaba que las demás políticas macroeconómicas, como tipo de cambio, crédito y tasas de interés, precios y salarios, etc. ayudarían a crear un ambiente atractivo para la inversión turística y para hacer el país cada vez más competitivo a los visitantes del exterior.

Muchas de las expectativas expuestas han ocurrido, pero muy precariamente. Al menos, no en una magnitud congruente con la importancia que tiene el turismo para la sociedad dominicana: si el país quiere que su principal negocio sea recibir visitas, habría que concentrar el interés en mantener costos competitivos, tener la casa en orden y estar preparados para brindar confort, seguridad, buena acogida y generar una buena impresión.

Recientemente, si bien el país ha tenido éxitos considerables al restablecer un clima de estabilidad macroeconómica, el conjunto de políticas dista mucho de haber focalizado la atención en elevar la competitividad de los sectores productivos. Por un lado, la política monetaria ha centrado la atención en mantener un tipo de cambio nominal bajo y estable con lo que se ha dado un proceso de apreciación de la moneda nacional, el cual se traduce en un encarecimiento relativo del producto dominicano con relación al de otros destinos con los cuales competimos.

Por otro lado, el hecho de que se asimilara la desaparición de los incentivos tributarios, y se planteara suplantarlos por incentivos presupuestarios, tampoco justificaba que en la práctica se le confiriera al sector un tratamiento tributario que resulta discriminatorio frente a cualquier otro sector productivo y, mucho más cuando se trata de una actividad de generación de divisas. Esto es, ya no se trata de que no se le exime el pago de impuestos, sino de que el sector carga con impuestos que fueron concebidos en virtud de otra filosofía.

La carga tributaria que afecta al turismo

Como es ampliamente reconocido, el turismo es fundamentalmente una actividad de exportación, y es universalmente aceptado que los países no exportan impuestos. Por tal razón, es normal que en el diseño de los sistemas impositivos, se cuide de mantener exentos los bienes y servicios cuyo destino es la exportación. Pero no es el caso de la República Dominicana. Si bien es cierto que el país aplica tal principio en lo relativo a las exportaciones de bienes, el servicio turístico está afectado directamente por múltiples cargos y figuras de carácter tributario que son ampliamente conocidos.

Al contrario, el desarrollo de una actividad tan dinámica como el turismo ha despertado el apetito fiscal y provocado que diversos funcionarios sectoriales, fiscales o del área macroeconómica hayan comenzado a percibirlo como un medio bastante atractivo para la obtención de recursos fiscales. Tal atractivo se hace más patente al considerar las circunstancias normales del visitante: el contribuyente se trata de un extranjero, que no hace protestas callejeras, ni participa en los programas de opinión. Por lo demás, es un individuo que nadie osaría calificar como un pobre padre de familia, Y mucha mayor razón es que ni siquiera vota en las elecciones.

Lo que muchas veces se pierde de vista es que su capacidad de elección tiene un poder de impacto mayor que el voto que se deposita en las urnas: elegir el país a donde va, y eso influye en todo el proceso económico.

Llegados al nivel a que se encuentra la República Dominicana, ya ni siquiera los actores del sector pretenden que se les dé el mismo tratamiento que a los demás exportadores, ni que el turista reciba un tratamiento privilegiado frente a la población nacional, pero sí que se entienda que al sector hay que preservarlo por su importancia en la a economía dominicana.

Lo que ocurre es que, tal como se ha venido conformando el sistema impositivo, se aprecia claramente una tendencia a estropear el desenvolvimiento del sector. De un sector que, por lo demás, es el único en que el país tiene un potencial muy tangible y que conserva una perspectiva clara de desarrollo futuro.

En el sistema impositivo actual, el turista comienza a pagar tributos al fisco dominicano desde que se monta en el avión que lo traerá al país y no deja de seguir pagando hasta que aterriza nuevamente en su lugar de origen. El turismo tiene una gran diversidad de impuestos que afectan directamente al sector, pero esos no son los más costosos, aunque sí los más visibles. Al igual que ocurre con cualquier otro sector de la economía, la mayor parte de los impuestos que constituyen la estructura tributaria dominicana no están concebidos para afectar al turismo, pero en la práctica lo afectan.

En general, no están concebidos para afectar a sectores en particular, sino a los consumidores que son sus clientes. Pero la mayoría de los sectores tienen la posibilidad de trasladar el pago del impuesto a sus consumidores finales. Sin embargo, en el caso del turismo eso es extremadamente difícil, tanto por el monopsonio de los grandes touroperadores como por el hecho de que el turista es un extranjero que no está obligado a tributar a un gobierno de un país que no es el suyo, y puede perfectamente irse a vacacionar a otra parte.

Muchas veces se tiene la percepción equivocada de que el turismo es una actividad económica que paga pocos impuestos al fisco dominicano. Esta percepción proviene de aquellos intentos de medición, que consideran exclusivamente los impuestos que se generan en el hotel o el avión, sin considerar la multitud de agentes que participan en el proceso de la visita o en el abastecimiento al hotel.

El turista paga impuestos al fisco dominicano en todas las etapas del viaje: por el asiento del avión, por el combustible del avión, por el aterrizaje en el aeropuerto, por la seguridad del aeropuerto, por la vigilancia del espacio aéreo, por el derecho de entrada al país, por los combustibles del transporte local; ITBIS por los pasajes, por la habitación y los servicios de hotel; ITBIS e impuestos selectivos por las bebidas y cigarrillos, por los artículos electrodomésticos que se usan en el hotel, etc., hasta los derechos de salida del país y nuevamente por el asiento del avión en que se va.

Muchos de los impuestos que se integran a la estructura de costos del sector turismo están remitidos a renglones que, para el consumidor nacional, suelen ser catalogados como “suntuarios” o al menos de no muy primaria necesidad. Tal es el caso de las bebidas alcohólicas, los cigarrillos, los televisores, equipos de sonido, etc. Todos estos renglones están gravados con altos impuestos selectivos bajo el entendido de que es lo que corresponde pagar al consumidor local; pero también se les pega a los costos de producción del sector turismo.

En realidad, la mayor parte de la carga impositiva que recae sobre el turismo no las liquida el turista mismo ante los organismos recaudadores, ni siquiera el hotel ni la línea aérea, sino las empresas que producen o importan los combustibles, las bebidas, los alimentos, los servicios telefónicos, los bancos o las empresas industriales que abastecen de equipos o insumos a la hotelería. Por eso es que esta carga resulta tan difícil verla, y se genera la falsa impresión de que el turismo paga pocos impuestos.

Considerando los aportes directos que hace al fisco, así como una estimación de lo que implican los impuestos indirectos, tanto generales (como el ITBIS), o selectivos a las bebidas, combustibles, electrodomésticos y tabaco, tomando en cuenta la proporción del consumo total del país que representan los turistas, se elaboró el cuadro siguiente, mediante el cual se determina que el turismo fue responsable del pago de mínimamente RD$25,110 millones en el 2006.

En realidad, el monto definitivo debe ser bastante mayor, aunque carecemos de medios objetivos para determinarlo. Sin embargo, es obvio que esta cifra no incluye el impuesto sobre la renta pagado por los negocios turísticos y sus empleados, ni los impuestos arancelarios, a vehículos, peajes etc. procedentes de las operaciones turísticas y de su personal.

Pero además, en el caso del ITBIS se le aplicó al consumo de los turistas la misma proporción que representan en el consumo nacional, sin considerar el tipo de consumo. Es evidente que la estructura de consumo del turista está más sesgada hacia bienes gravados que la del dominicano común. Sólo hay que pensar que la mayor parte de la alimentación del hogar dominicano está exenta de ITBIS, mientras que la del turista, al ser consumida en hoteles y restaurantes, está gravada.

Más marcado aún es en el caso de los impuestos selectivos al consumo. Si el consumo turístico representa el 15% del consumo nacional, en el caso de los bienes altamente gravados, como las cervezas, alcoholes y cigarrillos, el porcentaje debe ser mayor. Sólo hay que considerar, a diferencia de la población visitante, la gran proporción de niños en el perfil de la población nacional, que no fuman ni consumen alcohol.

Pero más que eso, a diferencia del común de la población local, la circunstancia en que se encuentra el turista está rodeada de elementos que incitan al consumo de esos bienes: se encuentra de vacaciones, en ambiente festivo, y normalmente el costo marginal de consumir dichos bienes es cero, pues forma parte del paquete todo incluido. En resumen, si bien en términos macroeconómicos el turismo representa el 15% del consumo, en aquellos renglones que pagan impuestos selectivos este porcentaje debe ser mucho mayor.

Pero a falta de medios objetivos para medirlo, nos limitaremos a la estimación de RD$25,110 millones pagados al fisco por el sector en el 2006. Esto solo se refiere al Gobierno Central, de modo que no incluye posibles aportes a otros niveles de Gobierno, como los municipios, ni aportes voluntarios a la comunidad para fines públicos, que al fin de cuentas, tienen el mismo significado que los impuestos.

Tampoco incluye el 10% de propina obligatoria que, si bien no es un impuesto en el sentido estricto de la palabra, por no ir a las arcas fiscales, al originarse en una ley impuesta por el Estado genera en el que la paga la misma impresión y el mismo costo que una carga tributaria.

La carga impositiva es el componente de costos que más rápidamente sube en la estructura de costos del sector turismo. Y junto al problema derivado de la sobrevaluación cambiaria, constituye la mayor amenaza al desenvolvimiento del sector.

Si en conjunto el sector pagó en el 2006 unos RD$25,110 millones, y esta cifra se divide entre los 3,965,000 visitantes que el país recibió (incluyendo dominicanos ausentes), eso implica un promedio de RD$6,333 por turista.

A la tasa de cambio media registrada en dicho año, se tiene que cada visitante extranjero dejó al fisco dominicano unos 191 US dólares por su viaje.

En definitiva, sin considerar las propinas, por lo menos el 20.1% del costo de la visita al país de un extranjero se trata de impuestos pagados al fisco dominicano. Eso podrá a mucha gente parecerle normal. El problema es que el turista tiene muchas posibilidades de elección, y eso hace muy difícil al productor dominicano del servicio trasladarle toda la carga. Y en la medida en que ocurra, todo el país sale perdiendo.

Los cálculos precedentes corresponden al año 2006. Pero esto en vez de atenuarse tiende a agravarse cada año. Por ejemplo, en agosto del 2005 se promulgó el decreto 403-05, subiendo cinco dólares al impuesto por pasajero llegado por vía aérea.

A partir del reciente mes de abril del 2007 fue dictado el Decreto 225-07, mediante el cual se elevan y uniforman los derechos por los servicios aeronáuticos y aeroportuarios, para todo tipo de pasajeros transportados, todo tipo de vuelos y todo tipo de pasajeros, tanto en entradas como en salidas. Anteriormente los vuelos charter, que transportan a la mayor parte de los turistas, estaban sujetos a impuestos especiales. Las tasas aeronáutica y aeroportuaria eran US$7.50 por pasajero. Pero ahora se igualaron a los vuelos regulares, y tienen que pagar a la entrada y salida. Ahora el costo del impuesto por todos los pasajeros, independientemente del tipo de vuelos, es de US$13. 75, pagado dos veces.

Eso significa que para los pasajeros en vuelo regular se les aumentó el impuesto en US$2.50 (1.25 dólares a la entrada y otros tantos a la salida), mientras que a los usuarios de vuelos charter, que son el 66.4% del total de visitantes extranjeros, el aumento fue de US$12.50 (6.25 dólares a la entrada y otros tantos a la salida), al pasar de 7.50 a 13.75 dólares la tarifa. En resumen, el incremento (promedio ponderado) fue de US$9.14 por el decreto de este año.

Con ello se propone cubrir los costos de una serie de responsabilidades que de todas maneras correspondía cubrir al Estado, como el Instituto de Aviación Civil, la Secretaría de Estado de Turismo, el Cuerpo de Seguridad Aeroportuaria, la Fuerza Aérea Dominicana, así como los diversos servicios gubernamentales en las terminales aéreas. Todo lo anterior sin agregar que este año también fueron elevados considerablemente otros impuestos que afectan al sector, como los combustibles y las bebidas alcohólicas y cigarrillos.

Eso significa que sólo por efecto de los nuevos impuestos directos al turista en dólares, a partir de este año el monto pagado por visitante se eleva por encima de 200 dólares, dejados al fisco dominicano durante su estadía.

Otro factor que induce a un incremento del costo impositivo se deriva de la apreciación real de la moneda. La razón es que con la inflación, los precios (y lógicamente el impuesto pagado) de las bebidas, cigarrillos, artículos e insumos hoteleros, etc. va subiendo en moneda nacional, pero al ser traducido a moneda extranjera se convierte en un valor mayor si el dólar se mantiene fijo o baja, como ha venido ocurriendo.

Como ha sido expuesto en un brillante estudio reciente de The World Travel & Tourism Tax Policy Center de The Michigan State University, en la mayoría de los mercados, si un consumidor elige un negocio o producto sobre otro, una venta tiene lugar, y por tanto un empleo y un ingreso. Pero en el turismo, si el consumidor elige otro negocio o producto, la venta tiene lugar, pero en otro país o localidad. Y las políticas relativas al turismo a veces olvidan que el consumidor tiene miles de productos o destinos para elegir, siendo el precio, y por tanto los impuestos que son uno de sus componentes, el principal factor a tomar en consideración .

Qué le propone el sector al Gobierno Dominicano

Si el Gobierno Dominicano está realmente interesado en la competitividad de la economía, lo primero que debería considerar es los medios para hacer rentable el negocio turístico y atractivo el país para los visitantes. Desde ese punto de vista, la variable fundamental es la tasa de cambio real.

En el aspecto tributario, bien podría hacer un esfuerzo, sin pretender que con ello se hace un sacrificio fiscal de consideración, ni se están confiriendo privilegios sectoriales, para tratar al turismo como lo que verdaderamente es: el principal sector exportador de la economía dominicana.

El trato diferenciado del IVA

Uno de los principales elementos de comparación, tanto para el tour operador como para el viajero mismo, es el impuesto al valor agregado (IVA). Conceptualmente, este es un impuesto cuyo propósito es gravar el consumo interno, es decir, el de los residentes del país, pero en el caso del turismo se transforma en un impuesto a la exportación. Para cualquier exportador de bienes físicos, normalmente en el caso del ITBIS no solo se prescinde del cobro, sino que se les devuelve lo que habían pagado al comprar insumos.

Ante la dificultad de computar fehacientemente cuanto es exportado del servicio y cuánto es vendido al consumidor local, otras veces se ha optado por aplicar una tasa uniforme pero más baja a las actividades que preponderantemente suplen la demanda de los turistas. Ciertamente, se entiende que para fines administrativos se complica aplicar este precepto cuando el bien físico no pasa por los puertos de exportación. Pero la conveniencia administrativa no puede ser un factor limitante cuando se trata de preservar una rama de la economía que tiene un impacto tan determinante para la vida del pueblo dominicano.

Para el sector hotelero este impuesto tiene un agravante adicional: siendo un impuesto al consumo, prácticamente todos los sectores cargan el impuesto al precio de venta, sin afectar sus costos ni competitividad. Pero si el hotel intenta trasladarlo al consumidor, como haría cualquier otra empresa, lo más probable es que pierda la venta, particularmente en los paquetes negociados con los tour operadores, por lo que no le queda más remedio que asumirlo como costo, lo que resta enormemente su capacidad de competencia internacional. Mientras la República Dominicana mantenía un ITBIS relativamente bajo, el sector convivía, no sin precariedades, con el referido costo, pero la situación es que ya estamos en un nivel de 16%, convirtiéndose en una carga extremadamente pesada.

Por esta razón, en diversos países que tienen interés en desarrollar o en conservar su industria turística, a los servicios hoteleros utilizados por extranjeros no se les aplica el impuesto al valor agregado. Pero en muchos otros países, cuando no se quiere dejar fuera del impuesto a ningún tipo de establecimientos, por el temor a que sirva como medio de elusión a los propios habitantes locales, lo que suele hacerse es aplicarles una tasa diferencial al producto hotelero, congruente con la proporción de clientes locales que constituyen su mercado.

Por ejemplo, en casi todos los países de la Unión Europea, el IVA aplicable a la actividad turística suele tener una tasa que no pasa de la mitad, y a veces es una fracción muy baja, de la tasa general. Por ejemplo, en Bélgica se les baja de 21 a 6%, en Francia de 19.6 a 5.5%, en Italia de 20 a 10%, en Holanda de 19 a 6%, en España de 16 a 7%, en Grecia de 18 a 6%, en Portugal de 17 a 5% y así ocurre en la casi totalidad de los países de Europa.

En América Latina, pese a que en la parte continental no tienen una dependencia tan significativa del turismo, en muchos países se les aplica una tasa de cero IVA a los hoteles, y en otros es frecuente también aplicarles una tasa más reducida que a los demás establecimientos.

Para el caso dominicano, los países con producto turístico que constituye nuestra competencia más cercana, tales como Jamaica, Bahamas y México tienen tasas de IVA diferenciadas para el producto hotelero, y mucho más bajas que la nuestra. En otros, como en Cuba, el impuesto ni existe. En México, en las playas del Estado de Quintana Roo (zona turística de Riviera Maya) el IVA cobrado es de un 10%, comparado con la tasa general del país que es 15%.

En los casos de las demás zonas del Caribe, los competidores más cercanos son Jamaica, que de 15% baja el IVA a 5.9% a la industria turística, y de Bahamas, que apenas les cobra el 2.4%. También es común el caso de países en que al visitante se le devuelve lo pagado.

Como se puede apreciar, aunque el principio general es no gravar las exportaciones, el descuento impositivo fundamental tiene lugar en aquellos países en que el turismo es verdaderamente importante para la estructura económica. Hay países en que, si bien el turismo les aporta mucho, su economía puede funcionar perfectamente sin este sector, por lo cual no tienen mayor preocupación por cuidarlo. Este es el caso de los Estados Unidos, en que en los últimos tiempos se preocupan más por los aspectos que conciernen a la seguridad que a la satisfacción de los visitantes.

Es esta la razón por la cual el Gobierno debe considerar seriamente la circunstancia en que se encuentra el más importante sector de su economía, para que la tasa del ITBIS aplicada al paquete vendido por el servicio hotelero sea reducida, al menos al 8%.

La apertura de tiendas libres de impuestos en las zonas turísticas

Algo importante que podría hacer el Gobierno para potenciar la atracción de turistas en un país que se ha convertido en particularmente caro, y en que los impuestos contribuyen a acrecentar la imagen de caro del país, es posibilitar la apertura de tiendas libres de impuestos para las zonas turísticas, en las que se expenderían aquellos productos cuyo precio se ve más afectado por los impuestos, como las bebidas, el tabaco y algunos electrodomésticos. Igual podría aprovecharse para la venta de productos diversos de la industria y la artesanía dominicana.

Reducir al sector el impuesto sobre la propiedad de bienes inmuebles

Toda la teoría económica elaborada en torno a la conveniencia de que sea gravada la propiedad inmobiliaria, concentra su atención en hacer progresivo el sistema tributario, bajo el entendido de que la carga recae sobre la riqueza de los individuos, no los costos de producción. Estamos seguros que, aunque la intención del legislador no fue la de crear un impuesto sesgado en contra de la industria hotelera nacional, lamentablemente, el resultado es ese, con el agravante de que en este caso, nuestra industria no recibe un tratamiento impositivo de equidad respecto al resto de las actividades productivas.

La razón es que con absoluta seguridad, de todas las actividades productivas importantes del país, la hotelera es la industria más intensa en el uso de bienes inmuebles. Esta industria requiere una inversión que supera los 50 mil dólares por habitación, unos mil dólares por metro cuadrado. Ninguna otra industria demanda tantos recursos por metro cuadrado de construcción, si se excluyen algunas zonas comerciales para élites de la ciudad de Santo Domingo, donde el costo de la tierra puede hacer que eventualmente se supere ese valor.

Este impuesto, por las razones señaladas, resulta lesivo para actividad turística, al constituir una carga impositiva adicional de decenas de millones de pesos al año por hotel, en una industria que no tiene la manera de transferir, vía costos, los impuestos que la afectan.

Tomando en cuenta que la concepción original de este impuesto es gravar la riqueza, no la producción, el sector encarece al gobierno bajarlo al menos a la mitad para los establecimientos turísticos.

Eliminar la propina obligatoria

Este es otro factor de encarecimiento de costos del sector. Cuando después de cubrir los diversos costos de hoteles y restaurantes, el visitante se encuentra con un IVA de 16%, y por encima tiene que pagar una propina impuesta por ley de 10%, y lo traduce todo a moneda extranjera, con un peso increíblemente sobrevaluado, la impresión que se forma sobre los costos del país no es nada agradable.

Ante tal consideración, el sector turístico entiende que lo mejor sería dejar libremente al turista aportar la propina que considere apropiada. Ciertamente con una disposición de este tipo, los salarios oficiales en la industria de hoteles y restaurantes tendrían que subir. Pero entendemos que es preferible unificar los salarios mínimos del sector con el resto del sector formal de la economía, bajo el entendido de que ese mayor costo sería compensado por un mercado ampliado, debido al mayor atractivo que significarían los hoteles y restaurantes dominicanos.