EL EXISTENCIALISMO

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Es la filosofía de la existencia, el movimiento filosófico y humanístico europeo, identificado por la concepción según la cual “la existencia precede a la esencia”, y que se popularizó a partir de la crisis y crítica social y moral, a raíz de los estragos y dramas socio-filosóficos ocasionados por las grandes guerras europeas del siglo XX, especialmente, la segunda guerra mundial.

Al existencialismo se le ha atribuido un carácter vivencial, ligado a los dilemas, estragos, contradicciones y estupidez humana. Esta corriente filosófica discute y propone soluciones a los problemas más propiamente inherentes a la condición humana, como el absurdo de vivir, la significancia e insignificancia del ser, el dilema de la guerra, el eterno tema del tiempo, la libertad, ya sea física o metafísica, la relación Dios-hombre, el ateísmo, la naturaleza del hombre, la vida y la muerte. El existencialismo busca revelar lo que rodea al hombre, haciendo una descripción minuciosa del medio material y abstracto en el que se desenvuelve el individuo (existente), para que éste obtenga una comprensión propia y pueda dar sentido o encontrar una justificación a su existencia.

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Esta filosofía, a pesar de los ataques provenientes con mayor intensidad de la religión cristiana, busca una justificación para la existencia humana. El existencialismo, de acuerdo a Jean-Paul Sartre, indica que no hay naturaleza humana. El filósofo francés indica que la existencia precede a la esencia, lo que en efecto es un ataque a la creencia religiosa, cuyo pensamiento inició con Aristóteles y culminó en Sartre, quien indica que los seres humanos primero existimos y luego adquirimos sustancia; es decir, sólo existimos y mientras vivimos, vamos aprendiendo de los demás humanos que han inventado cosas abstractas, desde Dios hasta la existencia de una naturaleza humana previa.

El existencialismo encuentra su antecedente más significativo en el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855), llamado el “padre del existencialismo”, quien influyó en el filósofo francés Sartre. Ya avanzado el siglo XX, esta corriente filosófica fue desarrollada (nunca de manera sistemática, aunque su popularidad creció después de los problemas morales y éticos que trajo consigo la segunda guerra mundial, aparte del miedo provocado por la bomba atómica) y terminó por encuadrarse dentro del llamado irracionalismo filosófico por pensadores y novelistas de tanto renombre como los franceses Jean Paul Sartre y Gabriel Marcel, el argelino Albert Camus y el alemán Martin Heidegger. Albert Camus, existencialista, se dedicó a demostrar a través de sus ensayos y novelas el absurdo del mundo.

El alemán Heidegger rechazó que su pensamiento fuera catalogado como existencialista. El equívoco provendría, según los estudiosos, de la lectura e interpretación del primer gran tratado del filósofo, “Ser y tiempo”. En verdad, allí se plantea que el objetivo de la obra es la búsqueda del “sentido del ser” -olvidado por la filosofía desde sus inicios, ya desde los primeros parágrafos, lo cual con propiedad no permitiría entender el trabajo como expresa el autor como “existencialista”; pero Heidegger, luego de esa especie de anuncio programático entiende que es previa a la buscada ontología o dilucidación del ser, una ontología fundamental y al consagrarse a ella con método fenomenológico, se dedica a un análisis descriptivo pormenorizado y excluyente de la “existencia humana” o Dasein, con una hondura y una originalidad, inéditas en la historia del pensamiento occidental, siguiendo el método fenomenológico de Edmund Husserl. Con posterioridad, el resto de su obra, que seguirá al primer tratado mencionado, publicado en 1927, se ocupará de otros asuntos en los que ya no se transparenta la temática “existencial”. Esta aparente ruptura con el hilo conductor de su pensar primero, será un hiato en su discurso que el filósofo no aceptará nunca como tal… Pero muchos críticos la denominarán: “el segundo Heidegger”.

La característica principal del existencialismo es la atención que presta a la existencia concreta, individual y única del hombre, por lo tanto, en el rechazo de la mera especulación abstracta y universal.

El tema central de su reflexión es precisamente la existencia del ser humano, en términos de estar fuera (a saber, en el mundo), de vivencia, y en especial de pathos o temple de ánimo. En expresión de Heidegger: El ser en el mundo.

Heidegger, en efecto, se caracteriza, según algunos, por su firme pesimismo: considera al ser humano como yecto (arrojado) en el mundo; el Dasein se encuentra arrojado a una existencia que le ha sido impuesta, abandonado a la angustia que le revela su mundanidad, el hecho de que puede ser en el mundo y que por consiguiente, ha de morir. Sartre, siguiendo a Heidegger, también dista de caracterizarse por un estilo y discurso optimistas; plantea, al igual que Heidegger, al ser humano no tan sólo como yecto, sino como proyecto: un proyecto en situación. No obstante, estas posturas no tienen que comprenderse necesariamente como pesimistas; para Sartre la angustia de un alma consciente de encontrarse condenada a ser libre, significa tener en cada instante de la vida, la absoluta responsabilidad de renovarse; y de este punto parte Gabriel Marcel para sustentar una perspectiva optimista, que le lleva a superar cualquier oposición entre el hombre y Dios, en contradicción con la concepción atea de Sartre.

JEAN PAUL CHARLES AYMARD SARTRE

(París, 21 de junio de 1905 Ibídem, 15 de abril de 1980), conocido comúnmente como Jean Paul Sartre, fue un filósofo y escritor francés, exponente del existencialismo. Fue el décimo escritor francés seleccionado como Premio Nobel de Literatura pero lo rechazó explicando en una carta a la Academia Sueca que él tenía por regla declinar todo reconocimiento o distinción y que los lazos entre el hombre y la cultura debían de desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones.

LA EXISTENCIA PRECEDE A LA ESENCIA

Sartre considera que el ser humano está condenado a ser libre; es decir, arrojado a la acción y responsable plenamente de la misma, y sin excusas.

Sartre se forma en la fenomenología de Husserl y en la filosofía de Heidegger, discípulo, a su vez, de Husserl.

En plena guerra mundial, cuando forma parte del Ejército Francés, como meteorólogo Sartre, incluso, es hecho prisionero, y en el largo periplo de ser cautivo del nazismo reformula muchas de sus ideas, elabora otras, escribe constantemente, incluso representando obras de Teatro en pleno campo de prisioneros, aunque si en Heidegger el Dasein es un ser ahí, arrojado, yecto en el mundo, para Sartre, el humano, en cuanto ser para sí, es un proyecto, un ser que debe hacerse. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo. (Sartre: El existencialismo es humanismo)

Sartre escribe que la existencia precede a la esencia, contrariamente a lo que se había creído tradicionalmente en la Academia Francesa. ¿Qué quiere decir esto? Sartre da un famoso ejemplo: si un artesano quiere realizar una obra, primero la piensa, la construye en su cabeza: esa prefiguración será la esencia de lo que se construirá, que luego tendrá existencia. Pero nosotros, los seres humanos, no fuimos diseñados por alguien, y no tenemos dentro de nosotros algo que nos haga malos por naturaleza, o tendientes al bien como diversas corrientes filosóficas y políticas han creído, y siguen sosteniendo. Nuestra esencia, aquello que nos definirá, es lo que construiremos nosotros mismos mediante nuestros actos, que son ineludibles: no actuar es un acto en sí mismo, puesto que nuestra libertad no es algo que pueda ser dejado de lado: ser es ser libres en situación, ser es ser-para, ser como proyecto.

SARTRE Y LA PSICOLOGÍA EXISTENCIAL

Sartre rechazó durante décadas la noción del Unbewubtsein (lo inconsciente), particularmente la planteada por Freud. Sartre argumentaba que lo inconsciente era un criterio característico del irracionalismo alemán y por tal motivo se oponía a una psicología que se basara en un irracionalismo. De este modo es que Sartre intentó un «psicoanálisis racionalista al cual llamó psicoanálisis existencial. Las paralogías de Sartre en esta cuestión son de perspicaz argumentación: Un ser humano adulto no puede ni debe estar defendiendo sus defectos en hechos ocurridos durante su infancia, eso es mala fe y falta de madurez.

Es así que Sartre intentó crear un psicoanálisis basado en una total autocrítica del sujeto, una profundización que eliminara la mala fe. En el decurso de tal intento Sartre llegó a valiosas observaciones, particularmente las atinentes a la imaginación y a lo imaginario, o a opiniones tales como el infierno es la mirada del otro; el mismo concepto de mala fe aún es interesante para los psicólogos y filósofos; en cuanto la mala fe, explica Sartre, es un autoengaño (basado principalmente en racionalizaciones) por el cual el sujeto pretende tranquilizarse y al tratarse precisamente de “fe”, el individuo cree ciegamente en estas “razones”.

SIMONE DE BEAUVOIR

Nació en París en 9 de enero de 1908, en el seno de una familia acomodada. Fue hija del abogado Georges de Beauvoir y de Françoise de Brasseur. Simone y su hermana Helène recibieron una educación burguesa asentada en los valores de la religión católica. Su padre, cuya vida se debatió siempre entre la vieja aristocracia de Saint Germain y la burguesía, en realidad no perteneció a ninguna de las dos clases, hecho que condicionó sin duda su postura y relación con el mundo. Pese a que pudiera parecer un librepensador en materia de religión, sus ideas políticas eran afines a las de la extrema derecha. Se opuso al sufragio universal, y, por prejuicios aristocráticos, también a la República. Por su parte Françoise, la madre de Simone, defendió siempre los valores que le inculcaron sus padres: un profundo sentido del puritanismo, el rechazo de todo materialismo y la creencia en la fe como fuente de alimento de la existencia.

EL EXISTENCIALISMO: INYECCIÓN DE VIDA

Terminada la guerra, Simone comenzó a colaborar con Sartre en la revista Les Temps Modernes (1945), de la que el filósofo fue fundador y director. La postguerra abría una brecha por la que fluyeron nuevas ideas capaces de poder representar a una juventud también distinta. El existencialismo, término acuñado por el filósofo Gabriel Marcel (1889-1973), fue la corriente intelectual que, alejada de la filosofía tradicional, estaba en condiciones de ir más allá de sus propia teorías y convertirse en un modo de vida, porque ofrecía una nueva ética a esa Francia que había quedado escindida por la guerra. El existencialismo fue el paradigma de la libertad que rompió finalmente con los valores del pasado.

La lucha tenía, por fin, un sentido. En su ensayo Por una moral de la ambigüedad (1947), Simone de Beavoir dice: “El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre solo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacía cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir”.

Esa aspiración de lucha por la libertad constituye uno de los principales postulados del existencialismo. Sin embargo, es sabido que el camino de la libertad es arduo y costoso. De lo que se trataba era de sostener que la vida carece de sentido, es vacía y absurda, y el hombre solo puede otorgarle un significado a través de la acción. No obstante, a diferencia de Sartre, que con el existencialismo articuló un completo sistema filosófico, Beauvoir se valió de él para escribir un par de ensayos y algunos artículos, pero nada más. Para ella ensayo y novela no debían estar separados.

El existencialismo era una filosofía de la libertad, el portador de una nueva ética tanto en el ámbito público como en el privado, una filosofía del esfuerzo, que une al mundo y al individuo y que sostiene que la liberación del hombre no puede hallarse en el egoísmo, aunque tampoco debe ser ilusoria. “El hombre es libre: pero su libertad solo es real y concreta en la medida en que está comprometida, es decir, solo si tiende hacia un objetivo y trata de realizar algun cambio en el mundo”, afirmó Beauvoir. A través de Les Temps Modernes (que durante más de veinticinco años se convirtió en uno de los principales iconos de la vida intelectual francesa), Sartre y Beauvoir defendieron sus tesis. Y fue allí donde Simone publicó también los primeros capítulos de El segundo sexo.

LA SORBONA Y JEAN-PAUL SARTRE

En 1927, Simone de Beauvoir se licenció en Filosofía en la Sorbona. Allí conoció a Jean-Paul Sartre, en hombre con el que iniciaría una relación que, salvo breves interrupciones, iba a durar prácticamente toda su vida. “Sartre correspondía exactamente al compañerpo con el que yo había soñado desde los 15 años. Era el doble en quien encontraba, incandescentes, todas mis manías. Siempre podía compartirlo todo con él”, escribió en Memorias de una joven formal. Sartre, desde un principio, la llamó Castor, y (como dijo en más de una ocasión) de ella le gustó que tenía la inteligencia de un hombre y la sensibilidad de una mujer (sic).

Simone hacía tiempo ya que se había independizado, que había abandonado para siempre el hogar familiar. Estaba entusiasmada con su libertad. Se incorporó al círculo de Sartre, al tiempo que enseñaba Filosofía en distintos lugares de Francia, como Ruán, Marsella o París. Entre 1941 y 1943 fue profesora en la Sorbona. Sin embargo, su carrera se vio truncada cuando se produjo la ocupación alemana de París a causa de la Segunda Guerra Mundial; entonces decidió abandonar la docencia para dedicarse por entero a escribir. Durante ese período, Simone formó parte de la Resistencia francesa y escribió su primera novela, La invitada (1943), donde abordó la ideología existencialista de la libertad y la responsabilidad individual, que volvería a aflorar posteriormente en novelas como La sangre de los otros (1944) y Los Mandarines (1954).

 

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