INFLUENCIA DEL CRISTIANISMO EN LA FILOSOFÍA

El encuentro entre Cristianismo y Filosofía puede considerarse y tematizarse de dos maneras distintas. Puede, en primer lugar, plantearse como confrontación entre dos actitudes que cabe adoptar ante los problemas suscitados por el ser del Hombre y del Mundo: la actitud que se basa fundamentalmente en la fe y la actitud que se basa en los logros de la razón. Considerado de este modo, el encuentro entre cristianismo y filosofía, entre las exigencias de la fe y las imposiciones de la razón, es inevitable y perenne en nuestra cultura, no ha terminado ni terminará jamás mientras existan el uno y la otra. Siempre la filosofía interpelará al cristianismo y éste se verá siempre obligado a definirse al contestar a la filosofía.

Pero el encuentro entre Cristianismo y Filosofía puede, en segundo lugar, plantearse como un acontecimiento concreto de primera magnitud que tuvo lugar durante el período histórico correspondiente al Imperio Romano. En aquél entonces el cristianismo se enfrentó con la filosofía griega. A menudo suele explicarse el triunfo del cristianismo como el resultado de ciertas condiciones económicas, políticas, etc. del mundo antiguo. Estos condicionamientos son ciertos, pero el triunfo del cristianismo se debe también en gran medida a que una minoría de cristianos cultos acepto el reto de los filósofos y trató de estar a su altura. La primera parte de esta exposición está dedicada a presentar las características y los resultados de esta confrontación histórica entre el Cristianismo y Filosofía griega, así como las doctrinas filosóficas de la época con las cuáles hubo de enfrentarse el Cristianismo, y por último la formulación de un pensamiento cristiano, platónico en sus líneas fundamentales.

Concepto de Dios

La filosofía griega había puesto a Dios en relación con el cosmos, el universo, como inteligencia ordenadora (Anaxágoras, Platón), como motor y fin (Aristóteles), como razón cósmica (estoicismo). Si el cristianismo se hubiera limitado a proponer una teoría en la cual Dios fuese el origen del universo, seguramente se habría desdibujado, fundiéndose con otras corrientes del pensamiento antiguo. El cristianismo pone en relación a Dios con la historia en un doble sentido:

  1. Dios es providente y se ocupa de los asuntos humanos y de la marcha de la historia. Esta no es la doctrina más definitiva ni exclusiva del cristianismo: los estoicos afirmaban que Dios es providente, aunque identificaban la providencia con el destino y Dios no era un ser personal sino la razón del universo.
  2. El cristianismo anunciaba algo más sorprendente: Dios no sólo se ocupa providencialmente de la historia sino que Dios entra en ella, Dios se había hecho hombre en un lugar y en un momento bien determinados y precisos. Este hecho constituye el centro de la historia: toda la historia -desde la creación hasta el juicio final- adquiere significación y sentido a la luz de este hecho.

La noticia de que Dios se había hecho hombre y había muerto crucificado por los romanos nunca fue ni podía ser asimilado por la filosofía griega, que la criticó insistentemente por absurda y ridícula. Tal anuncio resultaba incompatible con la inmutabilidad divina, con su impasibilidad y perfección (¿cómo puede Dios ser afectado por sufrimientos y dolores?) y con su dignidad (¿cómo pudo encarnarse Dios precisamente en un personaje insignificante y oscuro?), además de que suponía en Dios una predilección inexplicable por una raza, un lugar del mundo habitado y un momento de la historia humana (¿por qué un judío y por qué en este momento de la historia?). Tampoco las doctrinas religiosas ofrecían un precedente comparable. Es cierto que existían historias de dioses que habían sido descuartizados y después resucitados (Dionisos fue descuartizado por los Titanes y resucitado por Zeus) pero la diferencia era inmensa- se trataba de atentados sufridos por tales dioses sin ellos quererlo mientras que en el cristianismo Dios decide y acepta su propio sacrificio; en segundo lugar, el cristianismo señalaba un momento histórico preciso, mientras que las creencias e historias no cristianas situaban tales hechos en un tiempo mítico, no en un momento histórico datable con precisión.

Concepto del Hombre

La concepción cristiana del hombre incluía tres elementos fundamentales: que el hombre fue hecho a imagen de Dios, que el alma es inmortal y que al final de los tiempos los cuerpos resucitarán. Esta última afirmación resultaba especialmente extraña para el pensamiento griego, ya que los griegos habían concebido el acontecer universal como un proceso cíclico, según la teoría griega de los ciclos la historia se repite; según el Cristianismo la historia se acaba con la resurrección final. El Cristianismo concibe la historia como un proceso lineal, abierto, en el cual Dios irrumpe dotándola de sentido; los griegos la interpretaban como un proceso cerrado en el cual no es posible la irrupción de ningún factor extra histórico que la dote de sentido. La moral cristiana no es intelectualista. En el intelectualismo, el pecado no es sino ignorancia; en el Cristianismo, el pecado no es ignorancia sino el resultado de dos factores: la maldad humana, que inclina al pecado y la libertad del individuo que cede a tal inclinación. Aparecen por primera vez el sentimiento de culpa y arrepentimiento.

Conducta Humana

Dentro del cristianismo como tal, impera la ley del amor. Esto significa que el móvil de la conducta humana no debe consistir tanto en el adusto sentimiento de obligación, sino en la interna tendencia de generosidad, donación y sacrificio. Es una difucibidad y benevolencia divina la que ha de prolongarse en el interior de cada persona para que, asumida por esta actúe en beneficio de todo género humano. “El bien moral de una persona está en función de su respuesta libre”, que asume y realiza el amor de benevolencia. Él autentico cristiano se conoce por su conducta, en un nivel superior en donde la “obligación” ya no alcanza. Ya no es la coacción de la sociedad o de la autoridad ni el respeto humano, ni temor al castigo o el deseo del premio, lo que mueve al cristiano en cuanto tal, sino a su amor a Dios, a Cristo o al prójimo. Solo en este nivel es cuando se puede obtener una auténtica libertad o auto determinación del sujeto.