LA SABIDURIA EN SAN AGUSTIN DE HIPONA Y SU ACTUALIDAD

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Autor: Felipe Calvo Alvarez 

Introducción.

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A filosofía contemporánea ha sido en gran parte la culpable de que el hombre haya perdido la debida atención de la Sabiduría como objeto de especulación filosófica y como virtud intelectual.

Quizás fue en la Escolástica donde la sabiduría fue realmente considerada en toda su dimensión humana, y también por qué no decirlo, divina, como bien lo dijo en su tiempo el propio Aristóteles y posteriormente santo Tomás de Aquino. Sin embargo, la actual vigencia de ésta virtud suele ser contingente dada la gran especialización y técnificación a la cual muchas veces nos vemos envueltos por uno u otro motivo.

Actualmente es posible apreciar con preocupación el olvido de que ha sido objeto la especulación filosófica o las humanidades en general, ya que existe una falsa sensación de que el verdadero éxito radica o lo constituye la vida material abundante, sin embargo los que pregonan tal éxito se olvidan de que el hombre tiene por superior aquello que no es material y que la misma felicidad que todo hombre busca y anhela se encuentra definitivamente no en lo corruptible o lo que muere, sino más bien en aquello que permanece para siempre, por consiguiente es claro que en el caso del hombre, la felicidad no es material, puesto que todo eso muere o termina, por lo tanto sin ser necesario recurrir a un credo religioso, sólo queda lo que en el hombre nunca muere, es decir, su Alma.

Son las virtudes del Alma humana las que hacen que ese espíritu pueda ser mejor y se perfeccione llegando a ser verdaderamente feliz, y será la sabiduría la mayor de aquellas virtudes, puesto que abarca en abundancia tanto a la inteligencia como a la ciencia.

El tema tratado en este artículo es propiamente la sabiduría en un autor bien particular que es san Agustín de Hipona, doctor de la Iglesia. La pregunta que se sigue es por qué san Agustín y no otro autor.
Pues bien, se puede responder que el pensamiento de san Agustín es particularmente vigente en la actualidad, particularmente vigente en los problemas del hombre actual.

Los puntos a tratar son algunos de los aspectos más importantes que trata san Agustín en toda su obra respecto de la Verdad, la Felicidad y por su puesto a la Sabiduría.

La sabiduría en san Agustín.

Agustín ve en el pensamiento de Platón el camino más seguro hacia la verdad, y se decide a seguirlo:
“Lo que es necesario investigar con un razonamiento sutilísimo (pues tal es mi condición que deseo impacientemente conocer la verdad no sólo por fe, sino razonándola) confío entre tanto hallarla entre los platónicos siguiendo su doctrina que no contradice nuestras Sagradas Letras”. Pero como había ocurrido antes con Plotino, Agustín al intentar seguir a Platón, lo transforma a la medida de sus propias necesidades con lo que construye un sistema de pensamiento que, aunque de inspiración platónica, es radicalmente distinto de aquel.

Agustín distingue de Platón dos mundos, uno inteligible, donde habita la misma verdad, y otro sensible que nos es manifiesto y percibido por la vista y el tacto. Aquel es el verdadero y éste semejante al verdadero y hecho a su imagen. Allí las cosas que conoce el alma se transparenta y resplandece la verdad, de éste no se engendra en el ánimo de los insensatos la verdad, sino sólo la opinión. Para Agustín estos dos mundos no son dos compartimientos separados o al menos que se den separados en el hombre, sino más bien, que es en el hombre donde encuentra estas dos realidades, es en sí mismo.

La verdadera distinción entre la Ciencia y la Sabiduría radica en referir el conocimiento intelectual de las realidades eternas a la sabiduría, y a la ciencia el conocimiento racional de las temporales. Una cosa es conocimiento intelectivo de lo eterno y otra la ciencia racional de lo caduco, y nadie dudará en dar sus preferencias a la primera. Esta distinción, para san Agustín es en razón justamente del objeto del conocimiento. El plantea claramente una cierta distinción, una diferencia de grado o escalón entre una y otra, sin embargo, llegamos al conocimiento de lo eterno gracias a lo caduco.

Agustín entendió el amor por la sabiduría no tan sólo en un aspecto formal de búsqueda de la verdad, sino que también como una orientación total y absoluta de la vida misma, es decir, san Agustín entiende a la sabiduría como un todo en el hombre compuesto de cuerpo y alma, buscará la verdad a través del amor.
El sapere nace del contacto y unificación de los espíritus por la caridad, esta es la tesis de san Agustín:

“Cuando se uniere a Él, se hará un mismo espíritu con El, es decir, el que se adhiere al Señor, se hace un espíritu con El, porque participa de la naturaleza, verdad y felicidad de Aquél, sin que aumente en su esencia, verdad y bienaventuranza”. El conocimiento y el amor son ciertas formas de contacto con las cosas de diversa influencia y profundidad. El saber se califica por la mayor compenetración del sujeto humano y el Ser divino, luz superior, es decir, el Ser supremo que es fuente y única de la Verdad. Más que un conocimiento de la verdad, es un cierto abrazo de ella, participación y contemplación. Una compenetración entre dos personas que se buscan y se aman, este es el aspecto más notable del desarrollo de san Agustín, ya que supone la existencia previa de la Verdad, existencia que necesariamente es anterior a cualquier otro ser, primero es el ser y luego lo demás.

Las nociones supremas del ser, verdad y del bien, iluminan la actividad moral e intelectual del sujeto, adquiriendo bajo la acción de la caridad una forma inteligible, es decir, se vuelven objetos de conocimiento intelectual, lo que significa posesión de dichas formas. La búsqueda de la verdad en san Agustín viene a constituir un trabajo duro, del cual se ocupó prácticamente toda su vida, sin dar tregua, manteniendo una tensión permanente. En toda la obra de Agustín brota la incesante búsqueda de la verdad. Todo su contenido es por el amor a la verdad, la sabiduría y conocimiento, encontrando la luz que ilumina su interior gracias a la caridad.

La interioridad agustiniana no se agota ni termina en sí misma, como le ocurre al hombre actual. La interioridad en san Agustín es el punto de partida de todo un desarrollo posterior que trasciende al sujeto mismo. Finalmente no es en el sujeto donde nace la verdad, más bien es el interior del hombre el que se constituye como medio para alcanzarla, donde la luz de la Verdad se hace evidente. Para Agustín el interior sólo es el camino que conduce a la sabiduría y contemplación de lo superior a él. Como en Platón, para quien el alma encontraba en la inmanencia propia la verdad trascendente de las ideas, de las que había sido hecho partícipe en una preexistencia, y como en Plotino, para quien el alma recibe, participándola, la verdad de la inteligencia, presente en ella.

La sabiduría en san Agustín es la ascensión a la contemplación de la Verdad única y suprema, es llegar a Dios a través de todo un devenir en el hombre, ya que al igual que en santo Tomás, para el hombre es imposible llegar a la eterna luz desde las tinieblas donde El habita. El hombre, por lo tanto, debe acceder progresivamente al conocimiento de los objetos más perfectos.

El objeto de la sabiduría es la contemplación de la verdad y nada más que eso. El sabio ama a la sabiduría por sí misma y no en razón de ninguna utilidad, por consiguiente, del momento en que se busca a la sabiduría en razón de otra cosa que no sea en sí misma, no se estará en presencia de ella, sino que será cualquier otra cosa, pero menos sabiduría. La dedicación a la sabiduría en san Agustín exige necesariamente el amor verdadero a la Verdad. Lo que no se ama por sí mismo no se ama. Por otra parte el camino a la sabiduría no se presenta de la nada. Para san Agustín, al igual que santo Tomás, sólo se llega a la sabiduría mediante un hábito que dispone al alma amar y así conocer la verdad tal cual como es. La luz de la verdad no se presenta directamente a nuestra inteligencia tal cual es debido a que simplemente no estamos dispuestos a ella. La contemplación de la verdad es una cierta luz inefable e incomprensible a nuestras inteligencias. Así, Agustín dice: “Primero se les mostrarán objetos opacos, pero bañados con la luz, como un vestido, un muro o algo semejante. Han de pasar después a fijar la vista en cosas que brillan con mayor belleza no por sí mismas, sin con el reverbero solar, como el oro, la plata y cosas similares, cuyo reflejo no dañe a los ojos. Habituándose cada cual más pronto o más tarde según su disposición a este orden de cosas en su integridad”.

En Las Confesiones, libro XII, capítulo XX, san Agustín cita lo siguiente: “Me refiero a aquella sabiduría creada, o sea a la naturaleza intelectual, que es luz por la contemplación de la Luz. Recibe el nombre de sabiduría, aunque se trata de una sabiduría creada. La misma distancia que existe entre la iluminadora y la luz reflejada existe entre la sabiduría creadora y esta sabiduría creada, como entre la justicia que hace justicia y la justicia operada por la justificación”.

Para Agustín la ciencia es distinta de la sabiduría, pues, a la sabiduría no pertenecen las cosas que fueron o serán, sino las que son, y a causa de la eternidad, en la cual existen, se dice que fueron, son y serán, sin mutabilidad alguna de tiempo y por consiguiente tendrán idéntico ser. La sabiduría es la ciencia de las cosas divinas y humanas, sin embargo, Agustín es más preciso y divide la definición antes dicha llamando en sentido propio sabiduría a la ciencia de las cosas divinas y dando el nombre de ciencia al conocimiento de las humanas. Sin embargo, la sabiduría por ser tal también comprende lo inferior, por consiguiente también es ciencia.

Agustín encuentra en el espíritu y a su vida espiritual, el medio para alcanzar lo que se ha propuesto, dejando de manifiesto el lugar secundario que ocupa lo corporal y temporal en el hombre, sin embargo, es lo suficientemente claro en no desechar por completo lo corporal, pues, comprende que la naturaleza del hombre es compuesta, y consistente con su naturaleza, la sabiduría humana necesita de lo material para vivir humanamente.

La sabiduría arrastra al hombre al conocimiento de las últimas razones, como principio ordenador y práctico lo que lleva al fin último o la realización del bien propio. La fuerza de la sabiduría agustiniana proviene, de la misma vida de Agustín, es él quien se muestra como un verdadero sabio, buscando incesantemente la verdad a la cual fue llamado a conquistar y contemplar.

La verdad.

En san Agustín la verdad se distingue como algo único y eterno, por lo tanto también incorruptible.
Por aquí es donde Agustín se distingue de los neoplatónicos. El nunca cometió el error de devaluar el ser ni siquiera para ensalzar lo Uno. En el mundo de Agustín no hay nada superior a Dios, y puesto que Dios es el
Ser, no podrá haber nada por sobre el Ser. En Agustín primero es el ser y luego será el Bien y lo Uno, sin embargo, la preeminencia del ser es clara, ya que Dios es antes que nada el Ser. La verdad es siempre inmortalidad, la verdadera incorruptibilidad, la inconmutabilidad verdadera, es la misma eternidad. La verdad no es sino el ser revelándose a la inteligencia y el hombre no lo puede encontrar sino como trascendente y determinando su propia actividad inmanente intelectiva.

Todo en cuanto es inteligible e inconmutable no admite grados en la verdad, porque es igual e inconmutablemente eterno; y lo grande se identifica allí con la verdadera existencia. Para recibir en el espíritu a la verdad es necesario, al igual que en santo Tomás, condición de la sabiduría poseer una cierta pureza de espíritu la que permite recibir limpiamente la verdad en el sujeto. Es evidente que en Agustín la verdad eterna es superior a todo lo temporal. Así dice en De Trinitate, libro IV, capítulo XVIII: “La purificación era necesaria, pues no éramos capaces de adueñarnos de lo eterno y sobrecargaban nuestra alma las inmundicias del pecado, contraídas al amor de las cosas temporales e incrustadas en nuestra naturaleza con el mugrón de nuestra mortalidad”.

La sabiduría no sólo implica una conexión con la verdad, sino también con el bien supremo, ya que es la meta más profunda y la última aspiración humana. La conducta del sabio debe ir determinada por la razón para darle la forma debida, darle la consistencia que la misma verdad y el bien exigen enmarcados en el orden que ellas imponen. Saber qué cosa es la sabiduría, implica necesariamente conocer la Verdad.
Respecto del tema de la verdad, importante fue en la vida de san Agustín la acción de los Académicos.
Fueron ellos quienes lo impulsaron a defender la inconmutabilidad de la verdad, haciéndolos entrar en contradicción, para finalmente llegar a la conclusión de que la acción académica es esencialmente inmoral, puesto que tanto el obrar como el no obrar procede de la duda, con riesgo constante de faltar. En el mundo escéptico toda acción, no solamente moral, se hace imposible, porque no se puede obrar sin un conocimiento cierto del fin que se pretende alcanzar, conocimiento imposible de conseguir cuando se ha dudado de todo.

La duda escéptica no sólo es contradictoria e imposible, sino también ilegítima, puesto que la inteligencia posee intuición del mundo inteligible y por eso mismo, está en posesión cierta de la verdad, verdad que
Agustín defiende y demuestra notablemente. Para san Agustín, es indubitable la supremacía directiva del pensamiento sobre la acción. La duda universal no sólo es imposible, sino infundada e ilegítima. En la esencia de la verdad, ser y ser verdadero se identifican. Hay un mundo inteligible, cuya existencia no se demuestra ni se puede demostrar, pero que tampoco necesita demostración, porque todo intento de ponerlo en duda es contradictorio y, como tal, imposible, pues supone y se apoya en su valor, además es un hecho que simplemente se comprueba por un análisis de la actividad intelectual frente a él, tal como se revela en el cogito.

Otro aspecto que demuestra la consistencia del pensamiento agustiniano es la conexión existente, real de la verdad y el sumo bien. La verdad es el bien último de la inteligencia y de la voluntad. Mediante el amor se hace el objeto amado del conocimiento, posesión íntima del alma. De aquí la importancia de la voluntad en el proceso general del conocimiento, pues al amor se le atribuye una gran fuerza que unifica y da coherencia respecto de la Verdad. Para san Agustín el error aleja al hombre de su bien último y amado que es la contemplación de la verdad. Así para él la sabiduría es lo contrario del error, pues el error es lo más lejos de la Verdad, donde está radicado el sumo Bien.

Toda filosofía comienza por una intuición plenamente cierta del mundo inteligible, esto es, de la verdad que es objeto de conocimiento, que se revela directamente y en plena evidencia al espíritu, independientemente de los sentidos, y en consecuencia inmune de todo error. Hay diferencia entre el valor intelectivo de san Agustín y santo Tomás. Ambos se dirigen a lo mismo o mejor dicho tienen el mismo objeto que es hacer ver cómo la inteligencia aprehende inmediatamente la verdad. En santo Tomás, de acuerdo a su modo impersonal, lo pone de manifiesto analizando reflexivamente el acto intelectivo, en cuyo seno encuentra la identidad intencional del acto con el ser objetivo en general. San Agustín, en cambio, de acuerdo a su método de profundización psíquica, lo descubre en el análisis del cogito, del propio pensamiento, en el que está implicada y se revela la propia existencia y, con ella, el valor de la inteligencia para aprehender las verdades inteligibles. Con san Agustín, y en función de la revelación cristiana, se modifica profundamente la perspectiva. La verdad aparecerá como un objeto que se impone al espíritu y lo domina: es inmutable y eterna verdad divina de la que participa nuestro espíritu. No se la puede encontrar primariamente en las cosas del mundo. Se impone, pues, un apartamiento del mundo y una apelación a la interioridad. Se impone incluso la trascendencia sobre el espíritu creado en cuanto se lo advierte como sujeto corrupto.

Para Agustín Dios es la Verdad, en el cual, desde el cual y por el cual son verdaderas todas las cosas que son verdaderas. Hasta llegar a la Verdad divina, la verdad de los principios inteligibles, inmediatamente dada a nuestra inteligencia, que se apoya y es iluminada por ella como por su luz objetiva. Las verdades inteligibles, ideas o principios, son superiores y dominan nuestra inteligencia.

La Sabiduría nos pone ante el bien, objeto de nuestro apetito. Los bienes sensibles no son tales sino por el bien que le es superior. La Sabiduría se nos manifiesta, como un conocimiento del bien en sí, como posesión querida. Frente al bien y a la Sabiduría se nos presenta la unidad del orden, esa necesaria consistencia donde no cabe error alguno, así la inteligencia comprende su ser, por consiguiente se descarta cualquier posibilidad de duda. En el mundo de las verdades, en el mundo inteligible de verdades universales, inmutables y eternas que gobiernan a nuestra razón, Agustín concluye inmediatamente la existencia de Dios, o si se quiere ver, la existencia de los primeros principios y causas.

El sabio.

Tal es la superioridad evidente de lo divino que para Agustín no admite siquiera comparación, nuestra inteligencia sólo comprende las verdades creadas y con bastante limitación, sin embargo, la Verdad misma, la causa eficiente de la creación, no es capaz de comprenderla, ya que si así lo hiciera seríamos dueños de la misma Verdad, por consiguiente sobrepasaríamos a la Verdad de Dios, lo cual es imposible, ya que nuestra luz corporal es corruptible, temporal y finita, en cambio, la otra es eterna e infinita.

Para Agustín la contemplación de la Verdad es un aquietarse, un deleitarse y es determinante en decir que la mente del sabio permanece inmóvil, en el sentido de que no discurre, sin embargo se pregunta ¿Cómo pues, moviéndose corporalmente de una parte a otra, puede permanecer inmóvil su mente?, respondiendo, que el sabio busca la verdad en las cosas divinas, pues todas las virtudes divinas también son el hombre, In divinis, ait ille: nam virtus etiam in homine sine dubitatione divina est. El hombre sabio ha de ser perfecto sabio en todas las cosas. Ahora bien, el que busca, todavía no es perfecto.

En san Agustín podemos encontrar una búsqueda incesante de la Verdad, del Bien y de la Hermosura. Justamente los temas antes nombrados constituyen la fuente principal de motivación en toda la obra del santo. Sin duda que es en la contemplación de la Verdad la fuente única de felicidad y sabiduría donde Agustín quiere llegar. La meditación de san Agustín en torno a la Verdad y el Bien, redunda en la contemplación inmutable de ellas mismas, a la luz penetrante de la Verdad, que en san Agustín esa Verdad única es Dios. Por el contrario el mal en san Agustín será la privación del conocimiento y contemplación de la Verdad. El constata en la interioridad del hombre la verdad, puesto que es la luz de la Verdad quien se nos manifiesta en nuestro ser.

El sabio debe poseer la verdad, la verdad debe vivir en él, ya que es en la contemplación de la verdad donde descansa. El concepto de la sabiduría en san Agustín es enriquecido por los elementos cristianos que en él son imposibles de separar, para él la sabiduría es la misma sophia de los antiguos griegos. Es un saber inmutable, permanente y por lo tanto es saber incorruptible que trasciende a todo. El que no es sabio, pero aspira a la sabiduría puede, aún a contracorriente de la fortuna, adquirir lo que necesita para su vida. El sabio no puede renunciar a las cosas necesarias para su cuerpo, porque vivo desea la sabiduría, no por desear la sabiduría quiero a la vida.

La humana sabiduría consiste en el señorío de la mente sobre las pasiones. Todos los sabios son bienaventurados, y nadie es bienaventurado si la posesión del bien sumo, que consiste en el conocimiento y posesión de aquella verdad que llamamos sabiduría. Para San Agustín la naturaleza humana es un estado medio que no es ni insipiencia, ni de sabiduría. Llama ignorancia a todo lo que vicioso o culpable de disminuir la perfección a la cual el hombre por naturaleza está llamado. El hombre ha sido creado en un estado tal que, aún no siendo sabio, era, no obstante, capaz de recibir un mandato. La razón hace al hombre capaz de preceptos, a los que debe someterse tan fielmente de manera que cumpla lo que se le manda. Así como la razón conduce a la inteligencia de los preceptos, así con la observancia de los preceptos se alcanza la sabiduría. Así, pues, el sabio peca cuando se aparta de la sabiduría.

La felicidad.

Para Agustín la felicidad es algo que todos los hombres aman, para él es una verdad irrefutable que el fin de las apetencias de los hombres es la felicidad, y que nadie puede amar algo que en su esencia ignora, es decir, no es posible desconocer la esencia de lo que se ama. San Agustín sentencia, sólo es feliz el que posee todo lo que se desea y no desea nada malo. La dicha o felicidad absoluta es completa si y sólo si es eterna, por consiguiente la verdadera felicidad no radica en lo temporal, corruptible y finito, sino que radica esencialmente en lo eterno, incorruptible e infinito.

En De la Vida Feliz, Agustín plantea con mayor fuerza que quien quiera ser feliz debe poseer y amar bienes que perduren, permanentes, y de ninguna manera poseer bienes que puedan ser desechados. En este mismo aspecto sitúa la relación entre sabiduría y al sabio. Como condición, el sabio debe ser antes que nada bienaventurado, es decir, poseer las virtudes morales que hacen al sujeto ser beato. Si se da la sabiduría, es necesario estar bien dispuesto para desearla y quererla realmente. Agustín mismo dice: “Nadie es sabio sin ser bienaventurado. (At nemo sapiens, nisi beatus)”.

El hombre feliz no padece necesidad, pues todo el que no es desgraciado es feliz. Luego será feliz el que no tiene necesidades, por consiguiente la felicidad se da absolutamente en lo eterno, en la quietud, donde no se presenta movimiento ni tensión alguna. La vida temporal es movimiento, es un discurrir permanente que muestra el dolor de no poseer el bien deseado, sin embargo, al existir algo superior, la vida cobra sentido para lograr el verdadero sentido que es el reposo. La causa final de todo movimiento de la inteligencia humana sólo puede concebirse cuando se le da como término en el reposo contemplativo de la verdad. Por investigar es sabio y por ser sabio dichoso, pues el que aparta su mente de todos los lazos corporales y se recoge en sí mismo, encuentra la iluminación de la verdad.

Al mismo modo de Tomás de Aquino, Agustín considera que todo embotamiento sensual o corporal, no hace más que alejar del sujeto a la sabiduría. Es necesario estar bien dispuesto para llegar a lo superior. El dichoso o sabio no padece necesidad alguna. La prudencia es directamente aludida por Agustín para dar el correcto equilibrio. En cambio por la lujuria, la ambición, la soberbia y otras pasiones del mismo género, con que los hombres intemperantes y desventurados buscan para sí los deleites y poderío sólo quedan atrapados, sin poder salir de la sumisión de lo inferior. Cuando el alma ha llegado a la sabiduría, la hace objeto de su contemplación, cuando se mantiene unida a ella y queda insensible a la seducción de las cosas vanas,entonces el hombre dichoso tiene su adecuada moderación o sabiduría.

San Agustín plantea que la Verdad se nos hace simplemente evidente en nuestro interior gracias a la iluminación, así él mismo nos dice, “aquel sol escondido irradia esta claridad en nuestros ojos interiores. De él procede toda verdad que sale de nuestra boca”. Así entonces, el sabio no debe temer ni a la muerte corporal ni los dolores para cuyo remedio, supresión o aplazamiento son menester todas aquellas cosas cuya falta puede afectar. “Cuando se puede evitar un mal es necedad admitirlo”. Evitará, pues, la muerte y el dolor cuanto puede y conviene, y si no los evita, no será infeliz porque le sucedan esas cosas, sino porque pudiéndolas evitar no quiso; lo cual es signo evidente de necedad. Al no evitarlas, será desgraciado por su estulticia, no por padecerlas. La sabiduría constituye la conquista última y feliz del conocimiento. Lo que es objeto de las ciencias, es decir, las cosas temporales, subimos a las realidades eternas, es decir, llegamos a la sabiduría. Es en ésta, es decir, en la contemplación de la verdad donde finalmente el hombre alcanza el descanso que es la tranquilidad y por lo tanto es la felicidad completa. Dice Agustín: las riquezas, los placeres, los honores, que alejan al hombre de la búsqueda de la sabiduría. Cuantos más estímulos de la sensualidad son fuertes, tanto más son adversos a la filosofía. ¿Qué hombre, dominado por la sensualidad, que es la más violenta de todas las emociones, es capaz de pensar, de recuperar su razón o incluso de concentrarse en cualquier cosa?

A diferencia de otros filósofos, Agustín piensa que la felicidad está en la plenitud del amor, amor que se manifiesta en el mismo conocimiento de la Verdad. Si nuestra vida es amor y anhelo su plenitud y acabamiento será un estado de reposo y un goce de la felicidad. La meta de la felicidad es la plenitud del amor en la adecuación de la voluntad con su fin, y el Bien supremo amado es la misma verdad. La sabiduría es el camino recto que guía a la verdad. Será sabio el que busca bien la verdad, aún sin lograrla. Ningún sabio es desdichado, y por otra parte, todo hombre o es feliz o desgraciado, luego el hombre feliz lo será no sólo por la invención de la verdad, sino también por su búsqueda.

Conclusiones.

El tema de la sabiduría sigue siendo tan vigente como lo ha sido por siglos y siglos en la historia del pensamiento del hombre desde la Grecia precristiana hasta nuestros días. Sin embargo, los tiempos actuales impiden dar cuenta al hombre sumergido en la técnica de la verdadera meta del hombre, es en cierta forma un estar perdidos en lo que es propio del hombre, sin dar ese paso fundamental que es la meditación y especulación sobre lo que nos trasciende. Fruto de la situación antes nombrada es la terrible experiencia de la pérdida del sentido de la “Verdad”, la única Verdad. Pareciera de quien habla de la Verdad refiriéndose a ella como la única que es un hombre sumergido en la oscuridad más absoluta o la intolerancia tan en boga en nuestros tiempos, sin embargo, muchos olvidan que la Verdad se hizo presente, es decir, se nos reveló hace ya casi dos mil años y esa es una verdad tan real y evidente que cambió al mundo entero y lo sigue haciendo con plena vigencia.

Hablar de la sabiduría no es hablar de la erudición. Hablar de la sabiduría es aquello de lo que realmente hace al hombre verdaderamente feliz y es justamente, hacia donde debemos apuntar todo nuestros esfuerzos, voluntad y entendimiento. La vida del hombre no tiene sentido si dejamos todo en lo que muere. Lo que sí tiene sentido es cuando nuestra vida tiene por objeto aquello que perdura en el tiempo, que no muere y por consiguiente que no termina, tiene esa cierta “continuidad” de la cual nos hablaba
Aristóteles.

Finalmente es importante señalar que el estudio por lo que en el hombre se presenta como lo más alto es aquello a lo cual debemos dedicar nuestra vida ya que es si se da efectivamente la sabiduría se dará también la perfección total del hombre y por consiguiente se habrá llegado a la total y verdadera felicidad, esa felicidad que todo hombre busca y debe encontrar.

BIBLIOGRAFIA

  • Obras de san Agustín (B.A.C.): “De Trinitate”; “Del Libre Albedrío”; “Contra Académicos”;
  • “Confesiones”; “Sobre el Orden”; “Los Soliloquios”; “Sobre la Vida Feliz”.
  • “Actualidad del Pensamiento de San Agustín”, O. N. Dorisi.
  • “Presencia Intelectual de San Agustín”, A. Muñoz Alonso.
  • “San Agustín y el Personalismo Filosófico”, Pedro de la Noi.
  • “El Hombre en San Agustín”, P. Grabriel Riesco, O.S.A.
  • “Agustín de Hipona, el Hombre, el Pastor, el Místico”, Agostino Trapé.
  • “Tratado de Metafísica”, Angel González Alvarez.

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