Sistemas Económicos

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El marco general en el que se desenvuelve la actividad económica de un determinado país constituye su sistema económico y puede definirse como el conjunto de principios, instituciones y normas que traducen el carácter de la organización económica de una determinada sociedad. El sistema económico exigirá no solo la aceptación de un conjunto de principios, sino la aprobación o adopción de una serie de decisiones básicas. Normalmente, estas incluirán desde la definición de los derechos de los distintos agentes sobre las cosas, hasta los mecanismos que se consideran más adecuados para asignar los recursos, la distribución de lo producido entre quienes participan en el proceso productivo o, sin agotar la relación, a quien corresponde la responsabilidad de abordar y resolver los problemas económicos del país o el suministro de determinados bienes que se consideran de interés colectivo.

El sistema económico será sustancialmente distinto si el principio de solidaridad es el que se impone en materia de distribución, en lugar de unos criterios basados en el interés individual.

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Las opciones adoptadas en el campo económico no son en absoluto ajenas a otras de carácter esencialmente político. Se ha afirmado, por ejemplo, y con razón, que el sistema de decisiones descentralizadas que constituye la esencia de una economía de mercado exige un sistema político democrático, donde las libertades de los individuos sean reconocidas y respetadas.

Conviene recordar que la alternativa de organización económica adoptada en un determinado país tendrá siempre mucho que ver con los principios políticos aceptados, con los poderes políticos, con la organización social, con el papel de las fuerzas armadas y, en último término, con la naturaleza y estructura del poder que exista en un momento dado en una sociedad. El sistema económico se basa siempre, en definitiva, en una serie de principios y opciones que tienen un claro contenido político y moral. Es más, el sistema económico está siempre muy directamente vinculado al sistema político, y viceversa. Ambos constituyen, en realidad, dos de los subsistemas del sistema social.

Werner Sombart, sostuvo que cualquier sistema económico tiene tres elementos característicos: el espíritu, que tiene su base en el clima moral y religioso de la sociedad; la sustancia, que esencialmente viene dada por la técnica; y la forma, que aparece definida por las instituciones más características del sistema en cuestión.

El profesor Walter Eucken distinguía dos modelos puros de organización de la vida económica: el primero es el que llama Economía de tráfico, donde las unidades de decisión económica son múltiples y tienen planes individuales que deben relacionarse y coordinarse entre sí. En el segundo, por el contrario, todo el acontecer económico se sujeta a un solo plan (o economía de dirección central) donde se decide lo que la sociedad deberá producir y poner a disposición de los ciudadanos. Ambos deben considerarse como modelos teóricos básicos, a partir de los cuales pueden desarrollarse diversas variantes.

En los sistemas que suelen calificarse como capitalistas, la propiedad privada constituye un principio fundamental; el individuo es el sujeto de la actividad económica; el objetivo perseguido es la utilidad individual y el máximo beneficio; y el procedimiento de asignación es el mercado, basado en la libre contratación y, por supuesto, en la propiedad privada. Sin embargo, en todas las economías capitalistas, el mercado opera con numerosas restricciones, el estado interviene en mayor o menor grado en la economía, e incluso se han practicado sistemas de planificación, aunque esta ha sido casi siempre de carácter indicativo para el sector privado y obligatorio para el gobierno y el sector público.

En los sistemas calificados como socialistas, el agente que en teoría debía decidir prácticamente todo era el Estado, como representante de la sociedad en su conjunto; el fin prioritario era el bienestar colectivo y no el individual; y el procedimiento para la asignación fue, esencialmente, la planificación central, con o sin mecanismos de participación democrática en la elaboración/preparación de los planes. Pero, como en el caso anterior, quizá sea necesario recordar que la planificación nunca llego a ser absoluta en los países que tuvieron un sistema de este tipo, que el mercado no desapareció completamente, y que también se ensayaron algunas formas de participación social para definir los objetivos e instrumentos del plan central, aunque la burocracia controlada por la minoría que realmente detentaba el poder, acabo siendo quien tomaba la mayor parte de las decisiones.

Para un gran número de autores, y no solamente economistas sino también estudiosos de la Ciencia Política, el sistema económico ha sido considerado siempre como un medio para alcanzar los fines realmente deseados por la sociedad.

Considerar el sistema (sea socialista o capitalista) como un medio equivale a valorarlo como una forma de solventar los problemas de la producción, la distribución y el consumo. En consecuencia, el sistema en cuanto tal, prácticamente no se discute. Lo que importa son los problemas concretos que surgen para lograr unos determinados fines político-económicos (un crecimiento sostenido, el máximo nivel de empleo, la estabilidad de precios o el necesario equilibrio externo) y las posibles acciones o medidas que pueden contribuir a resolverlos y/o a lograr que el sistema opere con la máxima eficiencia.

J. A. Schumpeter, en su obra Capitalismo, Socialismo y Democracia, fue uno de los primeros autores que manifestó importantes reservas a la idea de considerar el sistema económico como un simple medio.
El problema no es si el sistema A es económicamente más eficiente que el B, sino si el sistema A garantiza el logro de unos determinados valores y si sus resultados en otros terrenos distintos del económico son realmente los más deseados por la sociedad.

Desde una óptica orientada a la defensa del capitalismo como sistema, Jacob Viner también acepto esta consideración del sistema económico como fin y no como medio. Refiriéndose a los esfuerzos que en los años cincuenta y primeros sesenta se hacían para comparar los logros de los dos países considerados como modelos de capitalismo y de socialismo, respectivamente (los EE.UU. y la URSS), este autor niega que tal comparación puede limitarse al terreno de la eficiencia y a los posibles logros en términos de crecimiento económico.

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